lunes, 16 de noviembre de 2015

Anima Mundi.

   He tenido que reunir todo mi coraje para empezar a escribir de nuevo, con más cal de la que recordaba amenazando con derruir la cansada estructura de mi alma, los hilos cuarteados que apenas bombean mi corazón.
   Y me duele aún más que esto sea una disculpa, que me haga sentir débil, que exponga mi interior de nuevo caliente y tierno, acongojado mientras espera una nueva lanza perforando unos puntos de sutura que jamás seré capaz de arrancarme. Y así ruego, vulnerable, pidiendo a gritos que me hieran una vez más; el perdón del universo por ser incapaz de cicatrizar. Por sólo ofrecer mi lírica a la melancolía, por reabrir mis heridas para sentirme artista. 
   Por ser incapaz de que estas manos escriban de felicidad, de armonía, del Invierno que tanto da por mí. Por llorarle al viento para mostrarle la belleza de mi interior a las gotas de rocío que lloran conmigo. Por que las únicas notas que llamen a mis musas sean las del dolor. 
   Pido perdón a mi corazón, tan ajado y tan oprimido por telarañas de recuerdos que cada latido que le profesa a mis letras duele como si luchara bajo un mar de astillas. Pido perdón a cada una de mis vértebras, por sucumbir a un llanto que no llega nunca, y se sacuden como las víboras que habitan en mi lengua guiando mi paso por la vida, transformándome en poco más que un títere descolorido y resquebrajado. Pido perdón a las plantas de mis pies y a mi garganta entumecida, a mi pecho desprovisto de su coraza de hiel, y a mis manos cansadas de suplicar una clemencia que más tarde lamentaré recibir.
   Y así asumo que jamás mereceré la absolución del olvido, porque me hará elegir entre la felicidad y la poesía, sin las cuales jamás volveré a ser yo. Y no hay nada que más me atemorice.

viernes, 21 de agosto de 2015

Narcóticos inmortales.

Me aferro a la vana esperanza de que dará igual lo que haga o lo que diga, que siempre estarás anclado a mí, como el lastre etéreo de un fantasma que nunca abandonará el purgatorio.
Que aún cuando tengo los brazos del Invierno cobijándome de tus promesas lastimeras, tus murmullos moribundos jamás abandonarán mi cuerpo, que el caudal seco que dejaste en mi mente no acogerá una nueva vida ni una nueva corriente, que demasiada erosión ha hollado mi corazón; y que cuando aprendí a amar de nuevo me sentí tan insegura y con tanto miedo como cuando fijé mi mirada por primera vez en tus ojos de Aftereight.
Que siento que nuestra despedida no fue el epitafio correcto y anhelo ponerle el último sello de lacre a la dependencia de la que me hiciste presa, tanto como me atemoriza volver a oír el rumor de tu presencia.
Y que aunque ame de nuevo y mil veces más fuerte, aunque sea capaz de saber una y mil veces que no necesito un veneno tan dulce como el tuyo de nuevo en mis arterias, y lo repita tanto que se me quemen los pulmones; eres el Río que una vez alimentó mi vida. 
Y que tu sequía no necesitaré recordarla, porque jamás podré olvidarla.

lunes, 22 de junio de 2015

Páramos de salitre.

Hoy he mirado de nuevo el reflejo de una vida espectral que nada temía salvo yacer en su lecho pantanoso. 
Hoy me ha devuelto la mirada un pavor visceral que no me recorría las venas desde que las arañas que se esconden en mis grietas tejieron su gélida trampa en torno a mi corazón.
Hoy he vuelto a convertirme en presa y en vano he buscado tallar una salida en roca viva.
Hoy caí.
Caí hondo, y nada sonó para hacerle eco a mi alma herida salvo el crujido del cristal bajo unos pies.
Uno se recupera de las caídas. Uno se sacude el polvo de las rodillas ensangrentadas, cojea unos pasos y sigue su camino.
Pero lo peor no fue caer. Lo peor fue el pánico de la caída. Ver que no eres más que aire turbulento que se agita en una tempestad. Contemplar plumas de escarcha donde deberían estar las de acero. Que el espejo no te devuelva el temple de un guerrero, sino el de un animal acorralado que nunca aprendió a huir. 
Temer el descender de una mano sobre tu cabeza y aullar como la bestia que eres en lo más profundo de tu espíritu, inervada por los hilos de un pasado terrible y desolador que te convirtió en tierra yerma y nubes de tormenta. Y rezar. Rezar para que nadie nunca jamás sea consciente de lo cerca que estás de desgarrarte en miles y miles de astillas con sabor a metal. 

miércoles, 17 de junio de 2015

El rumbo de tus sueños.

Y ahora tengo las arterias llenas de etcéteras, y un corazón espartano, y unas manos que creen en los milagros.
Y al límite de un temblor de conspiración divina, el rumbo de tus sueños coincide con mis pesadillas.

miércoles, 6 de mayo de 2015

sábado, 18 de abril de 2015

La herrumbre del corazón.

Me di la vuelta, huyendo del frío pétreo de mi celda y a duras penas, entre un maremagnum de oscuridad, te percibí entre las sombras. Tan cálido, tan suave, tan lleno de cicatrices y tan descosido por los bordes. Tan vulnerable que en mis manos, por un instante, tu vida se balanceó como en un trapecio. Y casi me echo a llorar.
 De lo poco que te merezco, de lo pequeña que soy, de lo mísera que me siento en comparación a ti. Como una mota de polvo envidiosa de la plata pulida. De tu brazo alrededor de mi cintura, del fuego que brotaba de tus párpados cerrados y de la curva de tus clavículas. De tu voz enronquecida que clama a los aires y a los ríos lo muchísimo que me amas, mientras que yo apenas me puedo convencer a mí misma de que algún día las palabras "te amo" no simbolizarán más un abrazo oscuro y húmedo en una vorágine helada.
Alargué mi mano como un náufrago hacia una tabla a la deriva, que tan simple parece y que en un instante se convierte en el pasaporte hacia la vida; y me detuve a solo unos centímetros de tu rostro en calma, deseando despertarte para sollozar en tu hombro y sentir tu abrazo sobre mi cuerpo y tus labios cerrando esta nueva herida que yo misma le hice a mi alma, pero sin querer interrumpir tu sueño con algo tan nimio como mi ansiedad.
Tuve miedo por ti, que me erigiste diosa de tu ciudad, que me alzaste sobre tu pecho y respiraste mi toxicidad como si de ambrosía se tratara; porque yo también había coronado con la deidad a aquel que fuera la daga más honda, el agua más fría, la sutura más larga de mi espalda, y no te quise ver jamás como me vi a mí misma, rezándole a una estatua de papel que se deshace en la lluvia.
Me removí, inquieta, al borde del colapso, a punto de gritar todo aquello que me daba miedo, todo lo que le confesé a las sombras de mi madriguera, todo lo que te quiero, y a suplicarte que no me dejes caer jamás, que no lo soportaré una segunda vez.
Y abriste los ojos.
"¿Has podido dormir?"
"Sí, es que tenía frío pegada a la pared".
Ceñiste mi cintura con tus brazos y me besaste la frente antes de volver a dormir. Y recostada contra tu pecho solo una lágrima, demasiado pequeña para abarcar tanto estupor, se perdió entre mi mejilla y tu corazón.
Y entre el dolor y la nada, elegí el dolor.

miércoles, 15 de abril de 2015

En un mundo sin dragones.

"-Creo que si tú y yo nos hubiéramos conocido en un mundo sin dragones... Nos habríamos mirado con desconfianza al principio. Tú verías a una mujer familiar y cándida, sencilla, común y corriente, con fama de bruja, y puede, solo puede, te interesaría. Mientras, yo vería a un hombre algo desaliñado, puede que reservado, tímido, de mirada hipnótica y porte regio. En algún atrevido caso, nos sentiríamos atraídos el uno por el otro. Todo serían miraditas, tú me buscarías y yo perseguiría ocasiones para que me encontraras, haciendo cualquier cosa y sin prestarte atención, pero sabiendo que estás ahí.
Quizá al poco tiempo entabláramos conversación, lo típico: intercambiar alguna nimiedad, comentar el buen día que hace, lo sanos que están los campos y si es verdad que soy una hechicera. Escondería mi picardía bajo mi rígida fachada victoriana, pero por dentro me chispearían los ojos y te animaría a comprobarlo. A partir de ahí serían todo cartas en la ventana, paseos a caballo que misteriosamente se cruzaran entre sí, besos en la mano y sonrisas tímidas. A medianoche saldría corriendo de mi casa solo para cogernos la mano a través de la valla del jardín y hablar sin más testigos que los gatos, aquellos que siempre guardan los secretos. Me brillarían los ojos como a una chiquilla y me ruborizaría cada vez que sonrieras al llamarme la chica más bonita de todo el condado. Puede que me robaras algún beso y yo fingiera escandalizarme, pero no me resistiría si me robaras otro. Llegaría el momento en el que quisiera recorrer tu piel con la mía, y nuestro estúpido tonteo derivaría en el largo noviazgo del que nuestros padres tanto nos hablaban. Cada conversación derivaría al matrimonio, y poco a poco nos daríamos cuenta de que nos atraemos con locura. Te presentarías a mis padres, y sé que ellos estarían encantados de que alguien como tú pidiera mi mano. 
Pero ambos sabríamos que que no podríamos aguantar, quizás porque el compromiso es muy fuerte, quizás por el miedo del qué dirán, del que tanto hemos huido a lo largo de nuestras vidas. Imagino que una noche, sin ninguna celebración espectacular, huiríamos. Saldríamos corriendo sin llevar apenas equipaje y con unas cuantas monedas. Viajaríamos a todas partes; no tendríamos la bendición de un sacerdote y las campanas de boda no sonarían en nuestros nombres, pero estaríamos unidos por un lazo más fuerte que cualquier insulsa fiesta. Cada noche al salir la luna bucearíamos el uno en el otro, hasta ahogarnos en el más profundo recoveco de nuestros cuerpos, jurándonos amor eterno y sorprendiéndonos el uno al otro cada día un poquito más. No dejarías de asombrarme, lo sé; y mi mayor miedo sería llegar a no tener nada con lo que fascinarte algún día. Nunca pasaríamos por el mismo sitio dos veces, tú escribirías tus relatos y dibujarías nuestra historia, y algún día, cuando el bosque crezca sobre dos tumbas sin nombre, alguien leería las palabrejas de aquel demente que quería ser escritor, y nuestros nombres estarían para siempre plasmados en la eternidad".

Draconia.

martes, 7 de abril de 2015

Prófugos.

Cuando después de huir de todo, nuestros pies nos forzaron a morir. Después de alejarnos del dolor, del ruido, de la prisa, del amor, de la oscuridad y de la malicia. Después de refugiarnos como animales en las heridas a medio curar, después de reconocernos el uno al otro como en un espejo y ver en nuestros ojos las mismas cicatrices que mancillan nuestras almas. Después de doblar la misma esquina a la carrera, después de deshacernos de nuestros estigmas.
Después de entrelazar nuestros descosidos y encajar nuestras astillas. Después de avivar mis llamas con tu viento y de convertirnos en aire calcáreo y evanescente.
Solo nos queda confiar nuestros cuerpos a las olas del mar.

miércoles, 11 de marzo de 2015

Fiebre fría.

Esta noche las teclas parecen meros desconocidos. No reconozco su tacto, ni sus dibujos, ni su tenue senda hacia la métrica deshecha y salpicada de sangre que es mi inspiración. Esta noche mis manos no obedecen a mi locura y las palabras no me miran al pasar. 
Y lo peor de todo, es que no hay ninguna razón en especial. Ninguna desgracia, ninguna desdicha. Todo está donde debe estar. Debería estar feliz, y sin embargo, tengo la sensación de que voy a romperme de un momento a otro.
Me veo a mí misma, con el corazón agrietado, y no sé por qué. Veo mis manos cubiertas de tinta y de lacre, pero no encuentro el motivo. Veo mis ojos cada vez más anegados en un llanto que no llega nunca, cuya existencia soy incapaz de justificar.
Las únicas sílabas que hoy tienen sentido en este mundo para mí forman una sola palabra. No es una de mis tan acostumbradas y desgastadas metáforas, no es una bella ilusión, ni siquiera una tenebrosa pero elegante distorsión. Es una verdad seca, cortante e hiriente: "hipócrita".
Hipócrita, sí.
Y su sequedad me duele. Su falta de armonía, su carencia de arte no encajan en mi pensamiento. Es una pieza que entra a la fuerza en mi mente y astilla la ingravidez de mi lírica. Y, tal como he descubierto, no presume de falsedad, y me grita desde dentro.
Hacedla callar, por lo que más queráis. No soporto su sonrisa cruenta, ni su maliciosa consistencia detrás de mis pupilas. Hacedla callar, porque no aguantaré mucho más.

viernes, 6 de febrero de 2015

Aniegos de cristal y humo.

Inspiro. Trago un aire ceniciento y amargo, y vuelvo a pasear la vista entre la hoja en blanco y la página salpicada de incoherentes y ahora vacuos sentimientos. Y me pregunto cómo pudiste hacerme tanto daño. Cómo aún tu espina libera ponzoña y me envía furiosos latigazos de recuerdos felices que se disuelven en un humo tan negro como el que recubre mi alma y tu corazón.
Ódiame. Ódiame todo lo que quieras, he aprendido a ignorar tus gruñidos de animal herido como ignoraste tú mis aullidos de dolor y soledad.
Y aún así, yo no seré capaz de odiarte jamás.
Expiro. Demasiado he lamentado tu partida y demasiado arrastré mis machacados huesos por un puñado de mentiras sin nombre. Y en el fondo la culpa es mía por aferrarme con tanto manifiesto a un dios de cristal, de agua y de sal; de plasmar tu recuerdo en tantos lugares que, como hoy, descubro por simple casualidad, mientras intenta retorcerse dentro de sus suturas.
Cierro los ojos, me anego en mí misma, en mi estupidez, en mi inocencia, en las cavernas que conservan tu aroma, y con una nueva inspiración, me veo capaz de retornar al pasado y vislumbrar aquellos momentos con nuevo aplomo y nueva convicción. 
Tu tormenta no volverá a rugir en mi interior, Río; siempre está más oscuro antes del amanecer.
Pero aún así, no podré odiarte jamás.

martes, 6 de enero de 2015

Elísea.

Las manecillas giran y corretean, presurosas, vuelta tras vuelta, jugando a atraparse sin agarrarse jamás. Y con ellas cada vez pesan más las cargas de mi conciencia y la expectativa del futuro próximo e inesquivable.
Otras doce lunas han pasado. Un ciclo de vida, desde su temprana gestación hasta su accidentada vejez fría. Otra ola de calor y otra ventisca asoladora. Y un pedazo de mi vida se va con ellas, con cada vaivén del péndulo, con cada campanada en la jaula de madera del tiempo.
Y sin embargo, aunque soy consciente de que este es otro escalón que desciendo hacia los túmulos, no estoy aquejada por la indiferencia, ni siquiera por la cruel ironía de lo desconocido que se me abalanza encima.
Diecinueve inviernos atrás me encontraba en mi exacta misma situación, pero sin ser consciente de todo lo que esperaba asaltarme en cada esquina.
Diecinueve. Que se dice pronto. Pronto comparado con lo que me espera. Y esta insólita euforia ante lo desconocido solo es una premonición ante la puerta que, anhelante, aguarda a que la abra.
Las estaciones seguirán pasando, una tras otra, pero sé que en algún rincón descompuesto de mi memoria, conservaré el decimoctavo invierno, tan lejano ahora que la escarcha sobre mis árboles es nueva; porque hasta ahora, no ha dejado de ser maravilloso en cada uno de sus matices.
Empezó amargo, como suelen nacer todas las cosas, y no ha dejado de cambiar. El estrés, la furia, la desesperación, la tinta. La llegada del calor y las flores. Una ilusión, una idea, centelleante. Las lluvias que consiguieron lavar mi desaliñado corazón y el polvo que me sacudí de las cicatrices. Las horas y las horas perdidas entre el musical sonido de las risas, el vibrante rojo. Todas las cosas nuevas que aprendí y que me aleccionaron para darle la bienvenida al ocre y el latón del otoño. Las caras nuevas, la indecisión, la timidez, el primer tropezón. Un surco yermo y vacío en la ribera y un silencio tranquilizador. Los monstruos que expulsé con arrojo de mi alma. Y al final de todas las cosas, imbuido en su plateada iridiscencia, el Invierno acechante. 
No sé qué me tendréis reservado, nuevas lunas, pero más os vale esmeraros. Porque este año no se olvidará así como así. Porque mis manos tienen más experiencia y no me haréis caer con tanta facilidad. Porque, por primera vez en mucho tiempo, tengo paz.

lunes, 5 de enero de 2015

Las alas de Ícaro.

No soy capaz de recordar cuántas veces me juré a mí misma madurar de una vez y dejar de ser una ilusa, crecer y dejar de pensar que el mundo no es la mierda que hemos hecho de él, escupir el alquitrán de mi alma y sacudir los castillos de nube que se perfilan en el horizonte de las películas de niñas. Cuántas veces me recordé que exponerse de nuevo era demasiado arriesgado, que la temeridad no compensa los cortes en mis manos cuando recojo los pedazos rotos de mi corazón. Y aquí estoy de nuevo, adicta a la adrenalina, tirándole de las orejas a los lobos.
Y sin embargo es tan fácil dejarse llevar, tan tentador... que cada rincón de mi espíritu tiembla de emoción y se mueve con la inercia de una muñeca de trapo en el furioso rugir de un huracán. Asusta. Sé a lo que me estoy ateniendo. Sé que en esta partida el peón no derrotará a la reina. Y como la idiota que soy lo estoy apostando todo otra vez. Porque tú me das las esperanzas que necesitan los grandes héroes para enfrentarse a mil ejércitos; eres la efímera fuerza que me impulsa a seguir adelante en cada bache, la luz de una estrella en la caverna más oscura, las alas que llevaron a Ícaro hasta el cielo. La luz quizás se apague y la cera puede llegar a derretirse, pero al igual que esos pobres diablos, tengo fe. Insulsa y estúpida fe. Y me aferraré a ella hasta que mis manos sean sal y piedra y mi aliento se convierta en el humus de la tierra.
Las conversaciones cursis me hacen la mayor y más feliz de las hipócritas; mi pluma no se moja ya en la tinta de la amargura, y de mis costuras ha dejado de manar la hiel. Cada beso cierra un eslabón de una cadena cada vez más larga, cuyos extremos se anudan en mi cuello y en tu brazo, y cada suspiro empañado en vaho conjura mi corazón al tuyo, acompasándose a tu ritmo y tu cadencia. Y en mi egoísmo quiero que seas tan mío como yo ya soy tuya. Que mi adicción se contraponga con la que tú me tengas a mí, que pueda alcanzar tu alma tan rápidamente como tú dispones de la mía, y que si mi corazón se para, el tuyo sienta sus estertores.
En verdad te debo mucho. Barriste las hojas secas y me abrigaste del desolador vacío de mi melancolía. Renovaste mi nostalgia por el afecto con tanta prontitud que temo despertarme un día y descubrir que solo ha sido un delirio de mi fantasiosa mente, volando demasiado cerca del sol. Pero mi desmesurada en infaltil conciencia se impone, haciéndome valorar cada día que pasa cada caricia, cada sonrisa, cada latido apresurado de mi cuerpo febril conteniendo las ganas de atacar tu piel en plena urbe.
Gracias por amarme, supongo. No sé qué se dice en estos casos. Solo sé que esta vorágine de impropia dulzura es lo que mi cabeza escupe cada vez que pienso en ti, que me cuesta ordenar como el peor de los rompecabezas.
En serio. Gracias.