lunes, 16 de noviembre de 2015

Anima Mundi.

   He tenido que reunir todo mi coraje para empezar a escribir de nuevo, con más cal de la que recordaba amenazando con derruir la cansada estructura de mi alma, los hilos cuarteados que apenas bombean mi corazón.
   Y me duele aún más que esto sea una disculpa, que me haga sentir débil, que exponga mi interior de nuevo caliente y tierno, acongojado mientras espera una nueva lanza perforando unos puntos de sutura que jamás seré capaz de arrancarme. Y así ruego, vulnerable, pidiendo a gritos que me hieran una vez más; el perdón del universo por ser incapaz de cicatrizar. Por sólo ofrecer mi lírica a la melancolía, por reabrir mis heridas para sentirme artista. 
   Por ser incapaz de que estas manos escriban de felicidad, de armonía, del Invierno que tanto da por mí. Por llorarle al viento para mostrarle la belleza de mi interior a las gotas de rocío que lloran conmigo. Por que las únicas notas que llamen a mis musas sean las del dolor. 
   Pido perdón a mi corazón, tan ajado y tan oprimido por telarañas de recuerdos que cada latido que le profesa a mis letras duele como si luchara bajo un mar de astillas. Pido perdón a cada una de mis vértebras, por sucumbir a un llanto que no llega nunca, y se sacuden como las víboras que habitan en mi lengua guiando mi paso por la vida, transformándome en poco más que un títere descolorido y resquebrajado. Pido perdón a las plantas de mis pies y a mi garganta entumecida, a mi pecho desprovisto de su coraza de hiel, y a mis manos cansadas de suplicar una clemencia que más tarde lamentaré recibir.
   Y así asumo que jamás mereceré la absolución del olvido, porque me hará elegir entre la felicidad y la poesía, sin las cuales jamás volveré a ser yo. Y no hay nada que más me atemorice.

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