miércoles, 27 de abril de 2016

El polvo más triste del mundo.

Como cada vez, se quitaron la ropa.
Como cada vez, se besaron, se mordieron, se tiraron sobre la cama.
Sus cabellos, desparramados por la almohada.
Su frente, anegada en sudor.
Sus brazos, tensos por la anticipación.
Sus ojos, brillantes y nublados por demasiados pensamientos para un momento como aquel.
Pero ese día era diferente. Él no lo sabía; cómo iba a saberlo. Ni siquiera ella sabía por qué ese día era diferente. Solo era consciente de su vacío. De su melancolía. De su tristeza.
Confundía las caricias. Veía manos que no estaban ahí. Unos ojos que hacía mucho que no la miraban. Un sentimiento que le estrangulaba el corazón con tanta fuerza que se preguntaba cómo aún lo sentía latir al ritmo de sus suspiros.
Él le lamía las heridas. Le besaba las cicatrices.
Él le acariciaba el alma a través de las costillas.
Él lo era todo.
Y ella seguía siendo incapaz de valorarlo como merecía.
Lo abrazó, con toda la fuerza que pudo sacar, y volvieron a besarse.
Como un rayo de sol, su calor incendiaba sus venas cada vez que la tocaba; iluminando cada telaraña que se mecía dentro de su armazón malogrado, haciendo hermoso a sus ojos cada estigma. Devoraba su cuerpo y ella sentía que bebía su veneno.
A sus ojos ella le emponzoñaba. Le corrompía. 
La quería tanto que se sentía indigna de seguir pensando en la herrumbre de su corazón, en la víbora que siseaba en sus tímpanos con un nombre maldito.
Solo con recordarlo se le hacía jirones el alma.
Le amaba. Por supuesto que le amaba. Pero era el recuerdo. El recuerdo que nunca dejaba de acosarla. El recuerdo que la impedía conciliar el sueño. El miedo. Y la ofuscación.
Le miró a los ojos, buscando la inocencia ciega de su pleitesía. Se le empañaron los ojos de lágrimas. Pero él nunca lo sabría.
Como cada vez, le temblaron las piernas en una larga convulsión.
Como cada vez, cuando llegó al orgasmo, lloró. 
Lloró lágrimas amargas, de amor y rabia y azufre. Y no dejó de llorar hasta bien apagado su fuego, cuando entrelazados sobre las sábanas, volvieron a jurarse amor eterno; concluyendo así, el polvo más triste del mundo.

viernes, 22 de abril de 2016

Complacencia.

Tengo miles de poesías pugnando por salir de mi mente, pero una parte de mi alma es reacia a sumergirse una vez más en la brea que compone mis lamentos con sangre, a asomarse al precipicio de mis recuerdos donde la suave melodía de la nostalgia aglutina mi dolor; a balancearme otra vez en el trapecio de mi corazón, oxidado de amar.
"Duerme", me digo, eso calmará a mis demonios otra noche. No susurraré tu nombre ni veré tu aliento etéreo que en la oscuridad se cierne sobre mí otra madrugada más; no te haré corpóreo en mis sueños ni en mis lágrimas, solo dormiré.
Dormiré y recordaré que soy feliz; que como la flor que crecía otrora, ahora estás marchito y seco, y no manipulas más mis cuerdas. Recordaré la gelidez que me aparta de tu fuego, la escarcha que me cubre las venas y me salva de mi propia perdición.
Recordaré el abrazo del Invierno noche tras noche, insomnio, hasta que por fin te desvanezcas y no seas tú de quien mis musas sigan enamoradas.
Recordaré mi amor latente.
Soñaré con despertar.