"Por la presente sabrás que no mejoro
y que nunca se vio desde la niebla
la soledad tan encendida; agrios los días pasan y no entiendo
las palabras que mi tristeza dicta.
Extraña alquimia la de mi sentimiento.
Extraño mago el que pacta con la muerte
y la vida, el mar y el equilibrio.
Mira mis manos: parpadean y son aire
y tierra y fuego. Dibujan tu imagen
en la noche más honda y la esconden
en el silencio. Tú no conoces el desierto
que me acoge y me oprime contra el cielo.
Tú no conoces la ceniza y la duda
que el azar enterró el los libros que aprendo para alcanzarte.
Estos días no existe luz que no te contenga
ni llenes con luz negra.
Otro destino no tengo
que velar tu cuerpo entre las sombras".
Xuan Bello.
Los estertores que tu hálito virulento dejó esparcido por mi cuerpo coletean y se resisten.
Mis manos están ajadas de buscar un resquicio por el que escapar de tu recuerdo, hallan roca dura y sólida y se estremecen ante las páginas destrozadas de las poesías que ni escribí ni canté jamás.
El corazón que se corrompe cuando oye tu nombre, los ojos que se encharcan al paso de tu sombra, el tiritar de los labios que captan tu veneno, las viejas heridas que se abren cuando me encuentran recorriendo una vez más el pasillo destartalado en el que tu memoria yace sin descansar, el rencor de mi pecho cuando elude tu canto de sirena que busca atraerme a un abismo etéreo donde el fantasma que solías ser me espera con los brazos abiertos.
Esa manera de anhelar el Río como el mendigo que llora por el calor del hogar, esa línea directa de pensamiento que me conduce a ti al llegar a mi embotado cerebro cualquier gota de tinta que hable del amor. Esos susurros de muerte que sacude tu recuerdo, reticente de perecer de una vez por todas.
El ancla que dolorosamente me mantiene atada a la cordura. Los grilletes que me alejan de tu malogrado sendero de muerte querida. Las cadenas que me mantienen hundida en el lago de la nostalgia.
La vida del que enferma amor.