miércoles, 10 de diciembre de 2014

Piedra, hueso y cal.

Otra madrugada más, agonizando para que mi esquiva musa de rizos negros se apiade de mi torturada alma y me conceda el don de su palabra; para que con su danza guíe mis manos a través del papel como si tocara un piano teñido de tinta negra. Otra noche más, mi sílfide me permite explorar su naturaleza feérica para que mi mente burbujeante de demecias descargue su febril y lastimero pensamiento; pero me encuentro con que las palabras que de mis manos nacen no son las frías y desgarradoras melancolías que hacen llorar a los gatos callejeros, y que mi prosa no se enlaza con la tristeza y el abatimiento, sino que la música invisible que mueve los hilos de mi imaginación en torno al lóbrego teclado quiere hablar de amor. Un amor recién nacido, suave, puro e inocente, que gimotea en su cuna de nieve, clamando atención.
¿En qué momento, me pregunto yo, mi corazón cobró vida nueva y renació de sus cenizas?
En mi fantasía, mi dama de negros cabellos sigue bailando, la estrella de la tarde sobre la luz de la luna, y se solapa alrededor de un recuerdo: un pétreo puente en ruinas, cubierto de musgo y de cal, en cuyos recovecos contemplo asombrada, la muerte. Girarme y que su sombra me cubra el alma. Mirarle y que sus ojos se orienten a mis labios. Tocarle, y que él me bese. Abrazarle y que, asustado como una liebre, se aleje. Que me diga que no se atreve, que el pecho me rebose de amor.
No fueron los delirios de las lluvias de abril.
No fueron los fuegos fatuos de junio.
No importaron las desérticas esperanzas de agosto.
Fueron éstas, las que el destino custodiaba con irónico celo; fueron mis Brumas de Octubre.

domingo, 23 de noviembre de 2014

Escarcha y sal.

A través del viento y del frío me llegó tu esencia. Cuando creí definitivamente haber desterrado la última hilacha del dolor entretejido en mi corazón, escuché las sordas notas del conjuro que tantas veces me ancló a ti. Durante el breve instante que tardé en reconocer la sonata de mi viejo y enmohecido amor, los recuerdos se desataron dentro de mi mente como caballos al galope. Te vi, de pie frente a mí, en el vaho translúcido que escapaba de la fervorosa multitud que rodeaba la música, inconsciente de saber los años sombríos que se esconden tras la melodía. Te vi reír, abrazarme, llorar, te vi exhalando el humo de tu consciencia, te vi acariciándome, sonreír, vi el relámpago verde del océano al atardecer en tus ojos. Y me vi a mí también. Y como tantas otras veces a lo largo del camino hacia la cordura, toda yo me resquebrajé. Mi corazón dejó de latir, y mis pulmones cesaron de respirar. Mi cuerpo, laxo, no podía sostenerme. 
Por un momento creí que aquello era el final. Una broma del destino que se reía de mí, que me señalaba al pasar y se mofaba de mis intentos de seguir adelante. Un macabro truco de un dios vacuo, que por mucho que quisiera evitar, me asaltaba en cada acequia y me arrojaba las heladas esquirlas del dolor del alma que vuelve a casa rota y descosida. Me resigné a no poder olvidar el dolor y a permanecer el resto de mi vida con las cadenas de mi amor marchito a cuestas.
Y justo cuando me daba por perdida, el Invierno me rodeó con sus gélidos brazos y me susurró palabras de nieve blanca y pura que me recordaron lo que era vivir tras la muerte entre el lodo. Brillante como la plata, y tan frío que quemaba, me hizo ver que aquella enfermiza música no contenía el veneno de mi soledad, ni la amarga hiel de tu abandono; sino el amor que te profesé con tanto ahínco. Que la música, al final, no es sino la puerta al etéreo mundo de los espíritus del alma humana, aquello que no podemos ver, ni tocar, pero sí sentir. Que aquellas caprichosas manchas de tinta en un pentagrama solo eran el manifiesto desastre de una mente alejada del raciocinio, posiblemente presa de un vacío tan profundo como aquel al que yo puse nombre.
Y atónita, contemplé cómo el Invierno congelaba al Río y lo sumía en un sueño eterno. Un sueño que, mientras lo atravesara de su mano, no volvería a ser una pesadilla en la oscuridad. Un sueño que reafirmaba mi victoria sobre ti y sobre el amor, pero por encima de todo, sobre mí misma. 
Sonreí, me volví y te dejé atrás, para no volver, cogida de la mano de la estación blanca. Y avancé por fin.

sábado, 8 de noviembre de 2014

La Sombra y la Llama.

¿Quién quiere taparse, si aún no conoce el frío?
Tenía miedo de lo qué el la hiciera desear. Con la sedosa oscuridad de la noche, el murmullo íntimo de la lluvia, y el hechizo de su propio anhelo, no confiaba en que no le entraran ganas de echar a correr.
¿Quién quiere encontrarse, si aún no se ha perdido?
La gata atravesó las empedradas calles, desiertas a esas horas tan intempestivas, con la cola de terciopelo rozando apaciblemente el suelo frío y gris de las aceras y las orejas bien erguidas. Caminaba con la seguridad de un tigre de bengala a través de la madrugada.
Porque, ¿quién quiere guardarse, si no existe enemigo?
Movió los bigotes, intranquila. Su corazón palpitaba, agitado; y su nariz olfateaba el aire, desatada una tormenta de adrenalina en lo más profundo de su cuerpo atigrado. Los faros de un coche la iluminaron durante un fugaz instante, pero ella no se apartó de su rumbo.
¿Quién quiere ocultarse de lo desconocido?
Cada vez que él le devolvía la mirada la arrastraba sin remedio a un pozo de locura del que la felina no encontraba salida. Una cazadora convertida en presa, acuciada por la vorágine de sus ojos de lobo.
Lo afrontaba, lo temía, pero de alguna forma, lo buscaba.
Y es que, ¿quién quiere curarse, si aún no ha sido herido?
Fuego. De sus entrañas brotó un mar de fuego que durante años había estado dormido, encerrado en una burbuja, a salvo de cualquier peligro. Un fuego que ahora palpitaba en sus venas como caballos al galope. Un fuego que le era sustraído cada vez que él la tocaba, pero que jamás dejaba de manar.
¿Quién quiere salvarse, si aún está con vida?

lunes, 13 de octubre de 2014

Borrarme la señal de tus colmillos.

No quiero seguir hablando de ti, de la corriente que convirtió el valle de mi corazón en un escarpado abismo, horadándolo y erosionándolo lenta, pero inexorablemente. No quiero recordarte, no quiero abrazarme al pensar en ti, no quiero enfurecerme al mencionar tu nombre, porque el odio es un sentimiento demasiado fuerte como para malgastarlo en alguien que no te gusta.
Evapórate. Esfúmate. Mézclate por fin con ese aire que querías ser, sé ese humo que tanto anhelabas, difumínate hasta no ser más que una existencia borrosa en todas las vidas que encuentres a tu paso. 
Haz lo que sea, pero aléjate de mí. Haz que deje de doler.
Porque merezco algo más. Merezco verme libre por fin de este veneno. Merezco borrarme la señal de tus colmillos. Merezco exhalar el agua dulce y tóxica que aún se refugia en mis pulmones y merezco dejar de hablar de ti con indiferencia mientras en mi interior algo se quiebra otra vez. Merezco verme libre de tu rencor y de mis infantiles esperanzas de que esto no sea el fin. Merezco un Invierno tranquilo y que la cuenta que llevo no llegue a tres.

Que no vuelva a aparecer, y que yo no vuelva a acudir a él. Dioses, haced que lo olvide.


miércoles, 17 de septiembre de 2014

Jirones.

El deslizar imprudente de mis dedos  sobre un teclado me ha llevado a más de una situación que no quería enfrentar, pero hay veces que simplemente no puedo callarme.
Y así, mientras tecleo como un yonki en medio de un chute de heroína, me pongo a pensar.
Y pienso que nada de lo que vivimos llega a ser completamente cierto. Que la subjetividad es esa pitonisa azarosa que rige nuestras existencias como si fuera poco más que una macabra función de guiñol, que nos enreda los hilos y nos corta las alas mientras el público aplaude y los telones se cierran.
Que la relatividad es la jefa de pista del circo del tiempo y con un chascar de dedos nos hace bailar malabares intentando no caernos, entre las risas y los abucheos.
Que la imaginación es una diosa de garras afiladas que nos confunde, nos enferma, pero con tanta suavidad que su caricia no nos duele.
Y finalmente, creemos poder volar.
En nuestra burbuja volamos, llevados por la corriente de las parcas, ignorantes, necios, abstraídos; felices.
Y cuando el colocón del pobre adicto abandona su sangre y despeja su visión, contemplo mis pensamientos ensangrentados sobre la hoja.
Y me asusto.

jueves, 11 de septiembre de 2014

Polvo en los rayos del sol.

La marea verde de veneno esmeralda hincó sus aguadas garras en mi pecho y aferró mis pulmones hasta ahogarlos con su podredumbre. Mis ojos se cubrieron del velo de jade que ondea en las escamas de las víboras y mi mente solo supo ver aquello que con tanto ahínco se me negaba. Y en mi interior se abrió paso una flor que supuraba bilis y de la que brotaban las espinas de la rabia.
Allí germinó, la etérea forma de impuro color y sabor agridulce que en los momentos menos inesperados esporula sus pútridas semillas en mi cerebro, en mi corazón, en mi sangre, en mis nervios, en el propio aire que respiro. La toxina se mezcló con mi deshilachada alma y me convirtió a mí misma en un parásito.
Los celos mordieron mi alma, en una noche tan oscura que hasta las pesadillas la temían. Y me desgarré, y padecí, y lloré.
Y me reduje a polvo. Polvo en los rayos del sol.

martes, 2 de septiembre de 2014

Entre bestias.

He olvidado cómo escribir cosas hermosas. He olvidado cómo plasmar cada uno de mis sentimientos en un bello adjetivo. He olvidado hasta cómo te hace sentir el amor correspondido.
Porque quizás el Río me arrastrara hacia su abismo de tinieblas y soledad, pero salí. Parpadeando como una criatura recién nacida, salí a la luz del amanecer. Me hallé ante el Invierno, desnuda y sin fuerzas para caminar más allá. Y allí me quedé. Entre árboles igual de desnudos que yo y nieve igual de fría que la que recubría mi desgastado y desvencijado corazón.
Vagué. Anduve sin descanso, tropecé, me caí, perdí el camino y solo me supe guiar por el tacto áspero de los viejos troncos, más viejos incluso que el tiempo.
Y es que, ¿qué debo hacer cuando por azares del destino le encuentro, erguido con altivez sobre la sucia capa blanca que recubre mi ahora gélido mundo? ¿Cómo puedo mirar esos enormes ojos oscuros como el vacío? ¿Cómo puedo contemplar su astada figura sin contener las ganas de correr hacia él y dejarme guiar por el bosque siguiendo las huellas que él marque a su antojo?
No podría soportar que me hiriese con su rechazo. Nunca más.
Antes que sentir su fuego y su ventisca, antes de mis infructuosas ilusiones, antes de acabar perdida entre raíces y hielo, antes de volver a exponerme al amor, prefiero suicidarme con el autoengaño.


martes, 12 de agosto de 2014

Furia nocturna.

Un peso que asfixia. Un peso que mata. Un peso que se aferra con fuerza al pecho y debilita mi diafragma con cada respiración. Yacer entre sábanas húmedas con la piel fría y la sangre borboteando en las venas, con las pupilas dilatadas y los huesos frágiles.
Sentir de nuevo.
Ahogarse.
Volar.

miércoles, 23 de julio de 2014

Vulturis.

Que quien quiera que nos esté observando desde sus múltiples rostros y paraísos nos abandone. Nos lo merecemos.
Hemos perdido nuestra humanidad. Ya no somos más que carroñeros. El hombre ya no es un lobo para el hombre, es una grotesca jerarquía de carroñeros que ante la ausencia de comida se devoran unos a otros. 
Tenía esperanza en el ser humano. Tenía la ilusión de ver que cada día algo bueno podía florecer entre los marchitos adoquines de nuestro enfermizo "progreso", pero he visto aquella bondad expuesta como nada más que el ejemplo de la ingenuidad.  
Esta generación avanza, y los retrógrados que visten de marca no se enteran. Hemos conseguido independizarnos de su vasta y codiciosa multinacional mediática y nos hemos hecho con nuevas formas de promover la información de un modo que hasta el más humilde puede encontrar sin menguar aún más su precaria forma de vida. Y nos lo quieren quitar. Nos pretender arrebatar nuestra voz, nuestra expresión, nuestro derecho a proclamar la injusticia y la verdad. Nos lo quieren robar al igual que hicieron con nuestra salud, nuestra educación y nuestra libertad para escuchar lo que más quisiéramos sin importarnos que estuviera en la otra punta del planeta. Nos quieren arrastrar de nuevo a la era de dinero sucio y del dar nada a cambio de todo. Y es hora de que digamos "basta". No somos un rebaño para que nos dirijáis a vuestros podridos pastos de información manipulada, somos hombres libres.
Quizás debamos alzar nuestras voces, quizás sea hora de alzar los puños.
Por nosotros.
Por nuestra libertad.
No a AEDE. 
http://www.gurusblog.com/archives/aprobado-el-canon-aede-la-ley-mas-infame-de-la-historia-de-internet/22/07/2014

jueves, 26 de junio de 2014

Déjame amar mientras no te lo diga.

¿Cómo empezar si tanto he callado que las palabras se me atascan en la garganta?
Me prometí a mí misma que no caería sin luchar. Que no volvería a ilusionarme con nada que no estuviese completamente seguro. Que no me lanzaría de nuevo al mar de los sentimientos sin cerciorarme de que bajo mi lánguida alma encontraría agua salada y profunda que me acogiera en su vientre.
Mas heme aquí, respirando vaho de ilusión, mecida en la niebla de la mentira, sin ser plenamente consciente de que esta puede ser la vuelta a la pasión y la desesperación. Sin percatarme de que este camino puede ser el mismo que ya recorrí antes y del que salí a rastras, con el corazón quebrado.
Frente a mí se halla el Invierno. Un Invierno que puedo elegir ignorar o atravesar hacia su corazón de hielo. Su gelidez me llama, murmura mi nombre entre las copas vacías de los árboles moribundos. ¿Seré capaz de cruzarlo o me quedaré atrás, viéndolo deshacerse sin haberlo acariciado?
Me tambaleo.Tropiezo. Caigo. A mi alrededor solo hay nieve.
Déjame quererte, Invierno. Déjame amarte mientras no te lo diga. Temo tu tormenta y temo mi confusión.

martes, 27 de mayo de 2014

Estertores.

"Por la presente sabrás que no mejoro
y que nunca se vio desde la niebla
la soledad tan encendida; agrios los días pasan y no entiendo 
las palabras que mi tristeza dicta.
Extraña alquimia la de mi sentimiento.
Extraño mago el que pacta con la muerte
y la vida, el mar y el equilibrio.
Mira mis manos: parpadean y son aire
y tierra y fuego. Dibujan tu imagen
en la noche más honda y la esconden
en el silencio. Tú no conoces el desierto
que me acoge y me oprime contra el cielo. 
Tú no conoces la ceniza y la duda
que el azar enterró el los libros que aprendo para alcanzarte.
Estos días no existe luz que no te contenga
ni llenes con luz negra.
Otro destino no tengo
que velar tu cuerpo entre las sombras".
Xuan Bello.

Los estertores que tu hálito virulento dejó esparcido por mi cuerpo coletean y se resisten.
Mis manos están ajadas de buscar un resquicio por el que escapar de tu recuerdo, hallan roca dura y  sólida y se estremecen ante las páginas destrozadas de las poesías que ni escribí ni canté jamás. 
El corazón que se corrompe cuando oye tu nombre, los ojos que se encharcan al paso de tu sombra, el tiritar de los labios que captan tu veneno, las viejas heridas que se abren cuando me encuentran recorriendo una vez más el pasillo destartalado en el que tu memoria yace sin descansar, el rencor de mi pecho cuando elude tu canto de sirena que busca atraerme a un abismo etéreo donde el fantasma que solías ser me espera con los brazos abiertos.
Esa manera de anhelar el Río como el mendigo que llora por el calor del hogar, esa línea directa de pensamiento que me conduce a ti al llegar a mi embotado cerebro cualquier gota de tinta que hable del amor. Esos susurros de muerte que sacude tu recuerdo, reticente de perecer de una vez por todas.
El ancla que dolorosamente me mantiene atada a la cordura. Los grilletes que me alejan de tu malogrado sendero de muerte querida. Las cadenas que me mantienen hundida en el lago de la nostalgia. 
La vida del que enferma amor.

viernes, 9 de mayo de 2014

La coleccionista de secretos.

-Vivía su vida normal, como una persona corriente, si la tuvieras frente a ti por primera vez no sabrías que es ella. Pero todos conocían a la Coleccionista de secretos, y todos acudían a ella.
>>Tenía su madriguera en lo alto de una colina, tosca, vieja y quejumbrosa, una humilde morada para una humilde persona, que al igual que su dueña, crujía de dolor en los otoños, suspiraba humo blanco en los inviernos y se llenaba de color al llegar la primavera. 
>>Siempre observaba a quienes subían aquella florida cuesta en busca del único consuelo que ella podía ofrecerles; la mayoría ascendían dubitativos, sin saber muy bien qué hacer, si terminar de recorrer el camino hacia la puerta de la Coleccionista o dar media vuelta; pero de vez en cuando aparecían los habituales. Estos, con mucha resolución y sabiendo que hallarían la cándida benevolencia de la mujer, ascendían sin titubear y a pasos largos, ansiosos de revelar sus inquietudes y sus problemas.
-¿Y qué hacía la Coleccionista cuando le contaban sus problemas?
-Escuchaba. Sonreía. Aconsejaba cuando era necesario aun sabiendo que habría quien no seguiría sus advertencias. Pero sobre todo, escuchaba. ¿Sabes? A veces la gente no necesita que les presten la solución inmediata a sus problemas, ni que les juzguen, ni siquiera que les consuelen. A veces solo necesitan que les escuchen. La llamaban la Coleccionista de secretos porque ella nunca decía nada a nadie, aunque aquellas trémulas palabras susurradas con miedo y ansiedad implicaran a otra persona. Nunca habló con nadie de algo que no fueran sus propios secretos, asimilaba y guardaba, igual que haría una máquina, pero de una manera más humana, más cercana y más cálida.
-¿Y qué hacía con los secretos de la gente?
-Los escribía. Por todas partes había libros llenos de secretos, de recuerdos plagados de dolor y de angustia, de confesiones que ni siquiera un párroco podría oír, de lamentos más desgarradores que los que podría escuchar cualquier sepulturero, de palabras de amor y de odio, de conciencias tan extrañas que harían enloquecer a cualquier otro hombre. Ella lo escribía todo, cualquier cosa que le contaran, hasta los suspiros que emanaban de aquellos cuerpos cansados y las expresiones de sus rostros ajados. Entre las páginas amarillentas de sus miles de cuadernos y libros se encontraban las vidas de todas las personas que habían ido a visitarla, la tinta esparcida eran pedacitos de alma humana que el cuerpo no había conseguido asimilar correctamente. Esos libros eran su mayor tesoro, y para sus visitantes, lo era ella. La Coleccionista de secretos era una criatura tan feérica como los elfos y las hadas que adornan los libros de fantasía, pero su magia se encontraba en la tinta desparramada de su pluma y en sus manos hábiles que sin descanso recopilaban un ligero soplo de la vida de gente que ni siquiera conocía.
-¿Alguna vez fuiste a verla?
-Alguna vez. 
-¿Y sus propios secretos, qué hacía con ellos?
-Esos también estaban escritos, pero no en frágiles hojas, los secretos de la Coleccionista estaban más a la vista que cualquier otro. Plasmados en las paredes, en los techos, en las vigas que rechinaban y en las muescas de los muebles. Al igual que sus diarios, todo en la casa de la Coleccionista contaba una historia distinta. Cuentos que estremecerían a las propias brujas, dudas que ni los mayores filósofos podrían resolver, deseos entremezclados y su único propósito de continuar su minúscula labor, porque, por muy poco rato que estuvieran aquí los hombres de hombros caídos y miradas tristes, ellos se llevaban un pedacito de la Coleccionista, a cambio de dejar algo de ellos. No había ningún motivo, pero lo hacía, simplemente, porque algo habría que pudiera hacer para aliviar las almas exhaustas de los transeúntes de este largo camino que es el vivir.

domingo, 9 de marzo de 2014

Vosotros estáis encerrados conmigo.

"Sentí cómo este tenebroso planeta giraba bajo mis pies, y supe cuál es ese secreto que solo los gatos conocen, ese que los hace gritar como bebés por la noche. Miré al cielo a través del intenso humo lleno de grasa humana y vi que Dios no se encontraba ahí. Vi esa oscuridad fría y vacía que se extiende hasta el infinito, vi que estamos solos. Vivimos nuestras vidas porque no tenemos nada mejor que hacer, ya les buscaremos un sentido más adelante. Venimos de la nada, tenemos hijos que se encuentran atados a este infierno, igual que nosotros, y después volvemos a la nada. No hay nada más. La existencia es algo fortuito, no hay ningún patrón salvo el que imaginamos cuando nos quedamos mirando fijamente el vacío durante mucho tiempo. No tiene ningún sentido salvo el que decidimos imponer. Este mundo que vaga a la deriva no está moldeado por vagas fuerzas metafísicas. No es Dios quien mata a los hombres, ni el destino el que los despedaza, ni la casualidad la que se los da de comer a los perros. Somos nosotros, solo nosotros. 
Las calles hedían a fuego, el vacío respiraba con fuerza en mi corazón, convirtiendo sus ilusiones en hielo, haciéndolas añicos. Entonces renací, libre de garabatear mi propio diseño sobre el lienzo en blanco, en cuestiones morales, que es este mundo."
Rorschach. Watchmen.

domingo, 16 de febrero de 2014

Burn.

Hoy que la sangre mancha mis manos, hoy que las lágrimas se han evaporado, hoy que el alma recuerda con dolorosa renuencia, hoy me hiciste arder.
Y tu fuego atravesó luces, ruido, carne y corazón, y desplomaste los muros de hielo que con tanto ahínco me esforcé en construir. 
Quizás yo no sea tan fuerte como pretendo aparentar, quizás el rol de seductora no esté en mi guión, o quizás seas tú el que me avasalla con tanta rudeza y deja mis muros resquebrajados con tan solo una mirada.
Quizás esté siendo solo una ilusa. Solo somos extraños demasiado acostumbrados a vernos.
Mas nunca he estado tan cerca del infierno, nunca sentí ese calor por manos desconocidas, nunca bailé este vals con las llamas de tus ojos, nunca amé tanto al Fuego. 

sábado, 25 de enero de 2014

Ahora eres solo ceniza.

Quizás lo más propio sería empezar disculpándome por no conseguir ser suficiente para tu alma herida, o quizás debería comenzar reconstruyendo este orgullo mío hecho pedazos que tanto ha llorado, que tanto ha sufrido, que tanto ha amado.
Podría continuar escribiéndote otros mil poemas cuyos versos fueran mis plegarias y su rima compusiera mi promesa, o podría exigirle a mi corazón que se arrancara la costra de sus lágrimas de sangre y se pusiera en marcha de nuevo como si no hubieras sido más que un salto al vacío.
Puede que debiera cantarle un nuevo soneto al Río y volver a beber de sus enturbiadas aguas, o pudiera ser más recomendable dejar la corriente de mis recuerdos atrás y alejarme de su veneno.
Y sin duda alguna, debería admitir de una vez por todas que te has desvanecido. Que en mi mundo ya no tienes cabida, que tu riada se evaporó de mi tierra errática tras interminables intentos, que tu caudal no volverá a arrastrarme hacia la locura, que ya no son tus aguas las que sacian mi sed.
Ahora eres tierra yerma, un surco seco en el mapa de mi pensamiento, un vacío en el poema de mi cuerpo. Ahora eres muerte, ahora eres sequía, ahora eres solo liviana, impura y gris ceniza.