-Vivía su vida normal, como una persona corriente, si la tuvieras frente a ti por primera vez no sabrías que es ella. Pero todos conocían a la Coleccionista de secretos, y todos acudían a ella.
>>Tenía su madriguera en lo alto de una colina, tosca, vieja y quejumbrosa, una humilde morada para una humilde persona, que al igual que su dueña, crujía de dolor en los otoños, suspiraba humo blanco en los inviernos y se llenaba de color al llegar la primavera.
>>Siempre observaba a quienes subían aquella florida cuesta en busca del único consuelo que ella podía ofrecerles; la mayoría ascendían dubitativos, sin saber muy bien qué hacer, si terminar de recorrer el camino hacia la puerta de la Coleccionista o dar media vuelta; pero de vez en cuando aparecían los habituales. Estos, con mucha resolución y sabiendo que hallarían la cándida benevolencia de la mujer, ascendían sin titubear y a pasos largos, ansiosos de revelar sus inquietudes y sus problemas.
-¿Y qué hacía la Coleccionista cuando le contaban sus problemas?
-Escuchaba. Sonreía. Aconsejaba cuando era necesario aun sabiendo que habría quien no seguiría sus advertencias. Pero sobre todo, escuchaba. ¿Sabes? A veces la gente no necesita que les presten la solución inmediata a sus problemas, ni que les juzguen, ni siquiera que les consuelen. A veces solo necesitan que les escuchen. La llamaban la Coleccionista de secretos porque ella nunca decía nada a nadie, aunque aquellas trémulas palabras susurradas con miedo y ansiedad implicaran a otra persona. Nunca habló con nadie de algo que no fueran sus propios secretos, asimilaba y guardaba, igual que haría una máquina, pero de una manera más humana, más cercana y más cálida.
-¿Y qué hacía con los secretos de la gente?
-Los escribía. Por todas partes había libros llenos de secretos, de recuerdos plagados de dolor y de angustia, de confesiones que ni siquiera un párroco podría oír, de lamentos más desgarradores que los que podría escuchar cualquier sepulturero, de palabras de amor y de odio, de conciencias tan extrañas que harían enloquecer a cualquier otro hombre. Ella lo escribía todo, cualquier cosa que le contaran, hasta los suspiros que emanaban de aquellos cuerpos cansados y las expresiones de sus rostros ajados. Entre las páginas amarillentas de sus miles de cuadernos y libros se encontraban las vidas de todas las personas que habían ido a visitarla, la tinta esparcida eran pedacitos de alma humana que el cuerpo no había conseguido asimilar correctamente. Esos libros eran su mayor tesoro, y para sus visitantes, lo era ella. La Coleccionista de secretos era una criatura tan feérica como los elfos y las hadas que adornan los libros de fantasía, pero su magia se encontraba en la tinta desparramada de su pluma y en sus manos hábiles que sin descanso recopilaban un ligero soplo de la vida de gente que ni siquiera conocía.
-¿Alguna vez fuiste a verla?
-Alguna vez.
-¿Y sus propios secretos, qué hacía con ellos?
-Esos también estaban escritos, pero no en frágiles hojas, los secretos de la Coleccionista estaban más a la vista que cualquier otro. Plasmados en las paredes, en los techos, en las vigas que rechinaban y en las muescas de los muebles. Al igual que sus diarios, todo en la casa de la Coleccionista contaba una historia distinta. Cuentos que estremecerían a las propias brujas, dudas que ni los mayores filósofos podrían resolver, deseos entremezclados y su único propósito de continuar su minúscula labor, porque, por muy poco rato que estuvieran aquí los hombres de hombros caídos y miradas tristes, ellos se llevaban un pedacito de la Coleccionista, a cambio de dejar algo de ellos. No había ningún motivo, pero lo hacía, simplemente, porque algo habría que pudiera hacer para aliviar las almas exhaustas de los transeúntes de este largo camino que es el vivir.