Otra madrugada más, agonizando para que mi esquiva musa de rizos negros se apiade de mi torturada alma y me conceda el don de su palabra; para que con su danza guíe mis manos a través del papel como si tocara un piano teñido de tinta negra. Otra noche más, mi sílfide me permite explorar su naturaleza feérica para que mi mente burbujeante de demecias descargue su febril y lastimero pensamiento; pero me encuentro con que las palabras que de mis manos nacen no son las frías y desgarradoras melancolías que hacen llorar a los gatos callejeros, y que mi prosa no se enlaza con la tristeza y el abatimiento, sino que la música invisible que mueve los hilos de mi imaginación en torno al lóbrego teclado quiere hablar de amor. Un amor recién nacido, suave, puro e inocente, que gimotea en su cuna de nieve, clamando atención.
¿En qué momento, me pregunto yo, mi corazón cobró vida nueva y renació de sus cenizas?
En mi fantasía, mi dama de negros cabellos sigue bailando, la estrella de la tarde sobre la luz de la luna, y se solapa alrededor de un recuerdo: un pétreo puente en ruinas, cubierto de musgo y de cal, en cuyos recovecos contemplo asombrada, la muerte. Girarme y que su sombra me cubra el alma. Mirarle y que sus ojos se orienten a mis labios. Tocarle, y que él me bese. Abrazarle y que, asustado como una liebre, se aleje. Que me diga que no se atreve, que el pecho me rebose de amor.
No fueron los delirios de las lluvias de abril.
No fueron los fuegos fatuos de junio.
No importaron las desérticas esperanzas de agosto.
Fueron éstas, las que el destino custodiaba con irónico celo; fueron mis Brumas de Octubre.

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