Un peso que asfixia. Un peso que mata. Un peso que se aferra con fuerza al pecho y debilita mi diafragma con cada respiración. Yacer entre sábanas húmedas con la piel fría y la sangre borboteando en las venas, con las pupilas dilatadas y los huesos frágiles.
Sentir de nuevo.
Ahogarse.
Volar.