martes, 6 de enero de 2015

Elísea.

Las manecillas giran y corretean, presurosas, vuelta tras vuelta, jugando a atraparse sin agarrarse jamás. Y con ellas cada vez pesan más las cargas de mi conciencia y la expectativa del futuro próximo e inesquivable.
Otras doce lunas han pasado. Un ciclo de vida, desde su temprana gestación hasta su accidentada vejez fría. Otra ola de calor y otra ventisca asoladora. Y un pedazo de mi vida se va con ellas, con cada vaivén del péndulo, con cada campanada en la jaula de madera del tiempo.
Y sin embargo, aunque soy consciente de que este es otro escalón que desciendo hacia los túmulos, no estoy aquejada por la indiferencia, ni siquiera por la cruel ironía de lo desconocido que se me abalanza encima.
Diecinueve inviernos atrás me encontraba en mi exacta misma situación, pero sin ser consciente de todo lo que esperaba asaltarme en cada esquina.
Diecinueve. Que se dice pronto. Pronto comparado con lo que me espera. Y esta insólita euforia ante lo desconocido solo es una premonición ante la puerta que, anhelante, aguarda a que la abra.
Las estaciones seguirán pasando, una tras otra, pero sé que en algún rincón descompuesto de mi memoria, conservaré el decimoctavo invierno, tan lejano ahora que la escarcha sobre mis árboles es nueva; porque hasta ahora, no ha dejado de ser maravilloso en cada uno de sus matices.
Empezó amargo, como suelen nacer todas las cosas, y no ha dejado de cambiar. El estrés, la furia, la desesperación, la tinta. La llegada del calor y las flores. Una ilusión, una idea, centelleante. Las lluvias que consiguieron lavar mi desaliñado corazón y el polvo que me sacudí de las cicatrices. Las horas y las horas perdidas entre el musical sonido de las risas, el vibrante rojo. Todas las cosas nuevas que aprendí y que me aleccionaron para darle la bienvenida al ocre y el latón del otoño. Las caras nuevas, la indecisión, la timidez, el primer tropezón. Un surco yermo y vacío en la ribera y un silencio tranquilizador. Los monstruos que expulsé con arrojo de mi alma. Y al final de todas las cosas, imbuido en su plateada iridiscencia, el Invierno acechante. 
No sé qué me tendréis reservado, nuevas lunas, pero más os vale esmeraros. Porque este año no se olvidará así como así. Porque mis manos tienen más experiencia y no me haréis caer con tanta facilidad. Porque, por primera vez en mucho tiempo, tengo paz.

lunes, 5 de enero de 2015

Las alas de Ícaro.

No soy capaz de recordar cuántas veces me juré a mí misma madurar de una vez y dejar de ser una ilusa, crecer y dejar de pensar que el mundo no es la mierda que hemos hecho de él, escupir el alquitrán de mi alma y sacudir los castillos de nube que se perfilan en el horizonte de las películas de niñas. Cuántas veces me recordé que exponerse de nuevo era demasiado arriesgado, que la temeridad no compensa los cortes en mis manos cuando recojo los pedazos rotos de mi corazón. Y aquí estoy de nuevo, adicta a la adrenalina, tirándole de las orejas a los lobos.
Y sin embargo es tan fácil dejarse llevar, tan tentador... que cada rincón de mi espíritu tiembla de emoción y se mueve con la inercia de una muñeca de trapo en el furioso rugir de un huracán. Asusta. Sé a lo que me estoy ateniendo. Sé que en esta partida el peón no derrotará a la reina. Y como la idiota que soy lo estoy apostando todo otra vez. Porque tú me das las esperanzas que necesitan los grandes héroes para enfrentarse a mil ejércitos; eres la efímera fuerza que me impulsa a seguir adelante en cada bache, la luz de una estrella en la caverna más oscura, las alas que llevaron a Ícaro hasta el cielo. La luz quizás se apague y la cera puede llegar a derretirse, pero al igual que esos pobres diablos, tengo fe. Insulsa y estúpida fe. Y me aferraré a ella hasta que mis manos sean sal y piedra y mi aliento se convierta en el humus de la tierra.
Las conversaciones cursis me hacen la mayor y más feliz de las hipócritas; mi pluma no se moja ya en la tinta de la amargura, y de mis costuras ha dejado de manar la hiel. Cada beso cierra un eslabón de una cadena cada vez más larga, cuyos extremos se anudan en mi cuello y en tu brazo, y cada suspiro empañado en vaho conjura mi corazón al tuyo, acompasándose a tu ritmo y tu cadencia. Y en mi egoísmo quiero que seas tan mío como yo ya soy tuya. Que mi adicción se contraponga con la que tú me tengas a mí, que pueda alcanzar tu alma tan rápidamente como tú dispones de la mía, y que si mi corazón se para, el tuyo sienta sus estertores.
En verdad te debo mucho. Barriste las hojas secas y me abrigaste del desolador vacío de mi melancolía. Renovaste mi nostalgia por el afecto con tanta prontitud que temo despertarme un día y descubrir que solo ha sido un delirio de mi fantasiosa mente, volando demasiado cerca del sol. Pero mi desmesurada en infaltil conciencia se impone, haciéndome valorar cada día que pasa cada caricia, cada sonrisa, cada latido apresurado de mi cuerpo febril conteniendo las ganas de atacar tu piel en plena urbe.
Gracias por amarme, supongo. No sé qué se dice en estos casos. Solo sé que esta vorágine de impropia dulzura es lo que mi cabeza escupe cada vez que pienso en ti, que me cuesta ordenar como el peor de los rompecabezas.
En serio. Gracias.