No soy capaz de recordar cuántas veces me juré a mí misma madurar de una vez y dejar de ser una ilusa, crecer y dejar de pensar que el mundo no es la mierda que hemos hecho de él, escupir el alquitrán de mi alma y sacudir los castillos de nube que se perfilan en el horizonte de las películas de niñas. Cuántas veces me recordé que exponerse de nuevo era demasiado arriesgado, que la temeridad no compensa los cortes en mis manos cuando recojo los pedazos rotos de mi corazón. Y aquí estoy de nuevo, adicta a la adrenalina, tirándole de las orejas a los lobos.
Y sin embargo es tan fácil dejarse llevar, tan tentador... que cada rincón de mi espíritu tiembla de emoción y se mueve con la inercia de una muñeca de trapo en el furioso rugir de un huracán. Asusta. Sé a lo que me estoy ateniendo. Sé que en esta partida el peón no derrotará a la reina. Y como la idiota que soy lo estoy apostando todo otra vez. Porque tú me das las esperanzas que necesitan los grandes héroes para enfrentarse a mil ejércitos; eres la efímera fuerza que me impulsa a seguir adelante en cada bache, la luz de una estrella en la caverna más oscura, las alas que llevaron a Ícaro hasta el cielo. La luz quizás se apague y la cera puede llegar a derretirse, pero al igual que esos pobres diablos, tengo fe. Insulsa y estúpida fe. Y me aferraré a ella hasta que mis manos sean sal y piedra y mi aliento se convierta en el humus de la tierra.
Las conversaciones cursis me hacen la mayor y más feliz de las hipócritas; mi pluma no se moja ya en la tinta de la amargura, y de mis costuras ha dejado de manar la hiel. Cada beso cierra un eslabón de una cadena cada vez más larga, cuyos extremos se anudan en mi cuello y en tu brazo, y cada suspiro empañado en vaho conjura mi corazón al tuyo, acompasándose a tu ritmo y tu cadencia. Y en mi egoísmo quiero que seas tan mío como yo ya soy tuya. Que mi adicción se contraponga con la que tú me tengas a mí, que pueda alcanzar tu alma tan rápidamente como tú dispones de la mía, y que si mi corazón se para, el tuyo sienta sus estertores.
En verdad te debo mucho. Barriste las hojas secas y me abrigaste del desolador vacío de mi melancolía. Renovaste mi nostalgia por el afecto con tanta prontitud que temo despertarme un día y descubrir que solo ha sido un delirio de mi fantasiosa mente, volando demasiado cerca del sol. Pero mi desmesurada en infaltil conciencia se impone, haciéndome valorar cada día que pasa cada caricia, cada sonrisa, cada latido apresurado de mi cuerpo febril conteniendo las ganas de atacar tu piel en plena urbe.
Gracias por amarme, supongo. No sé qué se dice en estos casos. Solo sé que esta vorágine de impropia dulzura es lo que mi cabeza escupe cada vez que pienso en ti, que me cuesta ordenar como el peor de los rompecabezas.
En serio. Gracias.
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