miércoles, 17 de septiembre de 2014

Jirones.

El deslizar imprudente de mis dedos  sobre un teclado me ha llevado a más de una situación que no quería enfrentar, pero hay veces que simplemente no puedo callarme.
Y así, mientras tecleo como un yonki en medio de un chute de heroína, me pongo a pensar.
Y pienso que nada de lo que vivimos llega a ser completamente cierto. Que la subjetividad es esa pitonisa azarosa que rige nuestras existencias como si fuera poco más que una macabra función de guiñol, que nos enreda los hilos y nos corta las alas mientras el público aplaude y los telones se cierran.
Que la relatividad es la jefa de pista del circo del tiempo y con un chascar de dedos nos hace bailar malabares intentando no caernos, entre las risas y los abucheos.
Que la imaginación es una diosa de garras afiladas que nos confunde, nos enferma, pero con tanta suavidad que su caricia no nos duele.
Y finalmente, creemos poder volar.
En nuestra burbuja volamos, llevados por la corriente de las parcas, ignorantes, necios, abstraídos; felices.
Y cuando el colocón del pobre adicto abandona su sangre y despeja su visión, contemplo mis pensamientos ensangrentados sobre la hoja.
Y me asusto.

jueves, 11 de septiembre de 2014

Polvo en los rayos del sol.

La marea verde de veneno esmeralda hincó sus aguadas garras en mi pecho y aferró mis pulmones hasta ahogarlos con su podredumbre. Mis ojos se cubrieron del velo de jade que ondea en las escamas de las víboras y mi mente solo supo ver aquello que con tanto ahínco se me negaba. Y en mi interior se abrió paso una flor que supuraba bilis y de la que brotaban las espinas de la rabia.
Allí germinó, la etérea forma de impuro color y sabor agridulce que en los momentos menos inesperados esporula sus pútridas semillas en mi cerebro, en mi corazón, en mi sangre, en mis nervios, en el propio aire que respiro. La toxina se mezcló con mi deshilachada alma y me convirtió a mí misma en un parásito.
Los celos mordieron mi alma, en una noche tan oscura que hasta las pesadillas la temían. Y me desgarré, y padecí, y lloré.
Y me reduje a polvo. Polvo en los rayos del sol.

martes, 2 de septiembre de 2014

Entre bestias.

He olvidado cómo escribir cosas hermosas. He olvidado cómo plasmar cada uno de mis sentimientos en un bello adjetivo. He olvidado hasta cómo te hace sentir el amor correspondido.
Porque quizás el Río me arrastrara hacia su abismo de tinieblas y soledad, pero salí. Parpadeando como una criatura recién nacida, salí a la luz del amanecer. Me hallé ante el Invierno, desnuda y sin fuerzas para caminar más allá. Y allí me quedé. Entre árboles igual de desnudos que yo y nieve igual de fría que la que recubría mi desgastado y desvencijado corazón.
Vagué. Anduve sin descanso, tropecé, me caí, perdí el camino y solo me supe guiar por el tacto áspero de los viejos troncos, más viejos incluso que el tiempo.
Y es que, ¿qué debo hacer cuando por azares del destino le encuentro, erguido con altivez sobre la sucia capa blanca que recubre mi ahora gélido mundo? ¿Cómo puedo mirar esos enormes ojos oscuros como el vacío? ¿Cómo puedo contemplar su astada figura sin contener las ganas de correr hacia él y dejarme guiar por el bosque siguiendo las huellas que él marque a su antojo?
No podría soportar que me hiriese con su rechazo. Nunca más.
Antes que sentir su fuego y su ventisca, antes de mis infructuosas ilusiones, antes de acabar perdida entre raíces y hielo, antes de volver a exponerme al amor, prefiero suicidarme con el autoengaño.