El deslizar imprudente de mis dedos sobre un teclado me ha llevado a más de una situación que no quería enfrentar, pero hay veces que simplemente no puedo callarme.
Y así, mientras tecleo como un yonki en medio de un chute de heroína, me pongo a pensar.
Y pienso que nada de lo que vivimos llega a ser completamente cierto. Que la subjetividad es esa pitonisa azarosa que rige nuestras existencias como si fuera poco más que una macabra función de guiñol, que nos enreda los hilos y nos corta las alas mientras el público aplaude y los telones se cierran.
Que la relatividad es la jefa de pista del circo del tiempo y con un chascar de dedos nos hace bailar malabares intentando no caernos, entre las risas y los abucheos.
Que la imaginación es una diosa de garras afiladas que nos confunde, nos enferma, pero con tanta suavidad que su caricia no nos duele.
Y finalmente, creemos poder volar.
En nuestra burbuja volamos, llevados por la corriente de las parcas, ignorantes, necios, abstraídos; felices.
Y cuando el colocón del pobre adicto abandona su sangre y despeja su visión, contemplo mis pensamientos ensangrentados sobre la hoja.
Y me asusto.
