He olvidado cómo escribir cosas hermosas. He olvidado cómo plasmar cada uno de mis sentimientos en un bello adjetivo. He olvidado hasta cómo te hace sentir el amor correspondido.
Porque quizás el Río me arrastrara hacia su abismo de tinieblas y soledad, pero salí. Parpadeando como una criatura recién nacida, salí a la luz del amanecer. Me hallé ante el Invierno, desnuda y sin fuerzas para caminar más allá. Y allí me quedé. Entre árboles igual de desnudos que yo y nieve igual de fría que la que recubría mi desgastado y desvencijado corazón.
Vagué. Anduve sin descanso, tropecé, me caí, perdí el camino y solo me supe guiar por el tacto áspero de los viejos troncos, más viejos incluso que el tiempo.
Y es que, ¿qué debo hacer cuando por azares del destino le encuentro, erguido con altivez sobre la sucia capa blanca que recubre mi ahora gélido mundo? ¿Cómo puedo mirar esos enormes ojos oscuros como el vacío? ¿Cómo puedo contemplar su astada figura sin contener las ganas de correr hacia él y dejarme guiar por el bosque siguiendo las huellas que él marque a su antojo?
No podría soportar que me hiriese con su rechazo. Nunca más.
Antes que sentir su fuego y su ventisca, antes de mis infructuosas ilusiones, antes de acabar perdida entre raíces y hielo, antes de volver a exponerme al amor, prefiero suicidarme con el autoengaño.

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