jueves, 11 de septiembre de 2014

Polvo en los rayos del sol.

La marea verde de veneno esmeralda hincó sus aguadas garras en mi pecho y aferró mis pulmones hasta ahogarlos con su podredumbre. Mis ojos se cubrieron del velo de jade que ondea en las escamas de las víboras y mi mente solo supo ver aquello que con tanto ahínco se me negaba. Y en mi interior se abrió paso una flor que supuraba bilis y de la que brotaban las espinas de la rabia.
Allí germinó, la etérea forma de impuro color y sabor agridulce que en los momentos menos inesperados esporula sus pútridas semillas en mi cerebro, en mi corazón, en mi sangre, en mis nervios, en el propio aire que respiro. La toxina se mezcló con mi deshilachada alma y me convirtió a mí misma en un parásito.
Los celos mordieron mi alma, en una noche tan oscura que hasta las pesadillas la temían. Y me desgarré, y padecí, y lloré.
Y me reduje a polvo. Polvo en los rayos del sol.

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