A través del viento y del frío me llegó tu esencia. Cuando creí definitivamente haber desterrado la última hilacha del dolor entretejido en mi corazón, escuché las sordas notas del conjuro que tantas veces me ancló a ti. Durante el breve instante que tardé en reconocer la sonata de mi viejo y enmohecido amor, los recuerdos se desataron dentro de mi mente como caballos al galope. Te vi, de pie frente a mí, en el vaho translúcido que escapaba de la fervorosa multitud que rodeaba la música, inconsciente de saber los años sombríos que se esconden tras la melodía. Te vi reír, abrazarme, llorar, te vi exhalando el humo de tu consciencia, te vi acariciándome, sonreír, vi el relámpago verde del océano al atardecer en tus ojos. Y me vi a mí también. Y como tantas otras veces a lo largo del camino hacia la cordura, toda yo me resquebrajé. Mi corazón dejó de latir, y mis pulmones cesaron de respirar. Mi cuerpo, laxo, no podía sostenerme.
Por un momento creí que aquello era el final. Una broma del destino que se reía de mí, que me señalaba al pasar y se mofaba de mis intentos de seguir adelante. Un macabro truco de un dios vacuo, que por mucho que quisiera evitar, me asaltaba en cada acequia y me arrojaba las heladas esquirlas del dolor del alma que vuelve a casa rota y descosida. Me resigné a no poder olvidar el dolor y a permanecer el resto de mi vida con las cadenas de mi amor marchito a cuestas.
Y justo cuando me daba por perdida, el Invierno me rodeó con sus gélidos brazos y me susurró palabras de nieve blanca y pura que me recordaron lo que era vivir tras la muerte entre el lodo. Brillante como la plata, y tan frío que quemaba, me hizo ver que aquella enfermiza música no contenía el veneno de mi soledad, ni la amarga hiel de tu abandono; sino el amor que te profesé con tanto ahínco. Que la música, al final, no es sino la puerta al etéreo mundo de los espíritus del alma humana, aquello que no podemos ver, ni tocar, pero sí sentir. Que aquellas caprichosas manchas de tinta en un pentagrama solo eran el manifiesto desastre de una mente alejada del raciocinio, posiblemente presa de un vacío tan profundo como aquel al que yo puse nombre.
Y atónita, contemplé cómo el Invierno congelaba al Río y lo sumía en un sueño eterno. Un sueño que, mientras lo atravesara de su mano, no volvería a ser una pesadilla en la oscuridad. Un sueño que reafirmaba mi victoria sobre ti y sobre el amor, pero por encima de todo, sobre mí misma.
Sonreí, me volví y te dejé atrás, para no volver, cogida de la mano de la estación blanca. Y avancé por fin.