¿Quién quiere taparse, si aún no conoce el frío?
Tenía miedo de lo qué el la hiciera desear. Con la sedosa oscuridad de la noche, el murmullo íntimo de la lluvia, y el hechizo de su propio anhelo, no confiaba en que no le entraran ganas de echar a correr.
¿Quién quiere encontrarse, si aún no se ha perdido?
La gata atravesó las empedradas calles, desiertas a esas horas tan intempestivas, con la cola de terciopelo rozando apaciblemente el suelo frío y gris de las aceras y las orejas bien erguidas. Caminaba con la seguridad de un tigre de bengala a través de la madrugada.
Porque, ¿quién quiere guardarse, si no existe enemigo?
Movió los bigotes, intranquila. Su corazón palpitaba, agitado; y su nariz olfateaba el aire, desatada una tormenta de adrenalina en lo más profundo de su cuerpo atigrado. Los faros de un coche la iluminaron durante un fugaz instante, pero ella no se apartó de su rumbo.
¿Quién quiere ocultarse de lo desconocido?
Cada vez que él le devolvía la mirada la arrastraba sin remedio a un pozo de locura del que la felina no encontraba salida. Una cazadora convertida en presa, acuciada por la vorágine de sus ojos de lobo.
Lo afrontaba, lo temía, pero de alguna forma, lo buscaba.
Y es que, ¿quién quiere curarse, si aún no ha sido herido?
Fuego. De sus entrañas brotó un mar de fuego que durante años había estado dormido, encerrado en una burbuja, a salvo de cualquier peligro. Un fuego que ahora palpitaba en sus venas como caballos al galope. Un fuego que le era sustraído cada vez que él la tocaba, pero que jamás dejaba de manar.
¿Quién quiere salvarse, si aún está con vida?
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