martes, 22 de octubre de 2013

Halcón derribado.

¿Qué nos queda después de arder en las llamas de la desesperanza? ¿Qué nos queda tras sumergirnos el el mar del desaliento?
¿Qué falta por perecer de nuestra alma si nos hemos entregado tan manifiestamente a algo más grande que nosotros?
¿Qué parte de nuestro cuerpo mortal queda por consumirse si ya no queda nada a lo que aferrarse?
¿Qué nos queda... después de amar?

domingo, 20 de octubre de 2013

"Instrospección"

No sé por qué estoy escribiendo esto. A estas horas tan intempestivas lo único que me apetece es dormir, y sin embargo, heme aquí, descargando los pensamientos de mi febril conciencia, por temor a no recordarlos mañana cuando me despierte y parecerme solo un demencial sueño. Quizás esté intentando definirme de una vez por todas para los días venideros, para que cuando me sienta perdida lo lea, lea quien soy, quién pretendo ser, y recuerde.
Que recuerde que las amistades van y vienen, que nunca fui capaz de asumir mi papel en muchos momentos determinados de mi vida. Que recuerde que fui buena, confiada, extrovertida, con corazón de papel, y que mi sueño era encontrar el amor verdadero. Que pienso que aún apenas soy así. Y sobre todo, quiero recordar que amé. Que amé y sufrí, que amé y fracasé, que amé y perdí. Pero amé, y al fin y al cabo, eso es lo que cuenta.
Que mis pensamientos estuvieron orientados alguna vez a un futuro feliz, que me sentía siempre plena de alegría, consciente de que mi repentina marcha dejaría a su paso un gran vacío.
Pero ya no lo pienso así. La sociedad, el mundo, el futuro, las elecciones de cada uno de los que me rodean, y las mías propias han hecho mella en este cuerpo de huesos rotos y agua de mar. Con el paso de los años llegaron las decepciones. Me decepcioné creyendo en el "amigos para siempre" de veinte personas distintas de las cuales me quedan tres. Me decepcioné creyendo en la honestidad del ser humano, pues poco o nada de lo que me rodea tiene algo de honestidad, y, por encima de todo, me decepcioné en el amor.
Eso ha hecho de mí una persona pesimista y dual, a quien algunas veces no le gusta ni su propio ser, pero otras veces da saltos de alegría por la menor idiotez. 
Un por qué del hecho de que a mis casi dieciocho años sigo escuchando antiguas canciones de Disney y viendo películas de dibujos animados es que no me quiero desprender de mi infancia, de esa maravillosa época donde no pensaba en mis estudios, no pensaba en mi futuro, ni en si mis amigos estarían allí el día de mañana, ni en qué aspecto tendría el amor de mi vida; no pensaba que mi padre fuera un egoísta y un cínico, que la muerte acechaba a mi familia como una cruel sombra que no se iba ni apagando las luces, ni que las drogas eran el sustento de un mundo enfermo y corrompido por la hipocresía.
Ahora pienso que si de verdad muriera esta noche, solo contaría con seis personas que realmente llorarían mi pérdida: mis dos únicos familiares cercanos, mis dos pelirrojas, mi luz de la tarde, y quizás, solo quizás, el Río en el que una vez me sumergí.

20-10-13
2:05 a.m.