He asumido que mi destino será siempre vivir con una parte de mí encadenada a tu recuerdo, a cada palabra que decías, a cada mirada que me derretía los huesos y me calentaba el alma; a pesar de que ahora lo único que enfoquen tus ojos sea vacío y alucinación. Pero mi forma de ser siempre se ha rebelado contra las ataduras.
Quiero olvidarte, maldita sea, quiero olvidarte. Quiero dejar de torturarme por aquello que no pude lograr y poder ser feliz junto a alguien que no seas tú sin tener que compararle constantemente contigo. Quiero darme el lujo de poder mirarte a la cara y decir que ya no siento nada. ¿Por qué cada vez que pienso que lo tengo superado apareces de nuevo? ¿Por que mi subconsciente me trata así? ¿Por qué sueño que me abrazas, que me acaricias, que me besas, que juegas con mi cuerpo como si fuera el piano que nos ancló el uno al otro?
Recuerdo que una vez me dijiste que tenía la piel mas suave que habías tocado nunca mientras me acariciabas la espalda con la delicadeza de quien trata el cristal. Ahora me veo obligada a pensar que son mentiras, para no sentirme tan mal cuando lanzas tu cruel indiferencia a mi espíritu desnudo y vulnerable. ¿Va a ser así siempre a partir de ahora? ¿Es esto lo que queda después de tanto arder en las llamas del corazón?
Mis respuestas siempre se quedan sin respuesta, y me cansa ya tanta verborrea sin sentido, tener que ignorarte solo para ver si realmente me persigues cuando estoy al borde del abismo, o por el contrario te sientas a esperar a que vuelva a tu sombra como un perro domesticado.
Quisiera poder dejar de amarte, Sombra gris, quisiera poder dejar atrás todo con tanta facilidad como lo hiciste tú. No sabes cuánto lo deseo. Porque sé que por mucho que ambos queramos en un futuro, me tengo el suficiente respeto como para poder decirte que no puedo volver estando como estamos. No lucharé por alguien que no luchó por mí. Eso ya no. Y me pesa, me pesa como la losa que decorará mi tumba de aquí a unos años, pero no me arrepiento de mi decisión, al igual que no me arrepentí al entregarte el marchito palpitar de mi pecho, ni me arrepiento de haberte amado como no amé a nadie. Pero entiéndeme, mi rosa negra, nunca he sido muy paciente, y esta vez me he puesto a prueba con todo lo que tenía hasta que no he podido aguantar más. Y ninguna palabra que digas podrá calmar el vacío que dejaste con tu partida y que ahondas cada día que pasa sin molestarte en saber si estoy bien aún. Ya es demasiado tarde. Ya se ha desatado la tempestad de nuevo, una tempestad ahora sé que no amainará nunca, porque si llega a calmarse, temo que se lleve todo lo que retengo bajo llave en mi corazón.

