Con lágrimas en los ojos escribo el epílogo de una historia que no tiene fin. Que no tiene tampoco un principio claro, no tiene protagonistas y donde ningún malvado secuestra a una princesa. A golpes de cemento y cal, la vida me ha demostrado que los cuentos felices de niñas pequeñas no existen. Que ningún hada me dará unos zapatos de cristal con los que enamorar a un príncipe y que los besos nunca son el final de una vida. Que el peor miedo no es una manzana de pecado y envidia, que nadie te tiende los brazos cuando no puedes más. Es una visión muy pesimista, pero así es la realidad que se me ha mostrado. Una realidad que se esconde de mí y que de vez en cuando reaparece, como un antiguo amante rechazado, clamando por atención y protagonismo. Me considero afortunada, pero a la vez, la persona más desdichada del mundo.
Se cansaron mis pies de buscar un bosque mágico donde las luciérnagas me tiendan sus luces titilantes, se arrugaron mis manos de acariciar cuerpos sin alma que nada mostraban salvo impasibilidad y frío. Nada llena mi corazón, anhelante de un cariño que se escapa entre mis dedos, que busca desesperado y al que ningún otro hace sombra.
Lo maldigo. Lo maldigo con todas mis fuerzas.
Maldigo mi corazón risueño y fantasioso, maldigo mi mente inmadura y cruel, maldigo mi cuerpo por abrazarse a sí mismo tantas noches, intentando en vano recordar cómo era el tiempo en los cálidos claroscuros de sus brazos.
Maldigo mi siniestra voluntad, que se hace y se deshace minuto a minuto, sin tomar jamás un rumbo fijo, tambaleando la ciudad de marfil donde conviven mis pecados y mis sentimientos.
Maldigo a mi amante incorpóreo, que me visita noche tras noche, para volver a atarme a su frágil recuerdo.
Maldigo al Río, que sigue fluyendo, inmutable, sin saber que se lleva mi alma con él, zarandeándola y hundiéndola, alejándola de su cuerpo infantil, que escribirá su historia interminable varada en la orilla hasta que el sol se alce por el oeste y se oculte por el este.

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