Las manecillas giran y corretean, presurosas, vuelta tras vuelta, jugando a atraparse sin agarrarse jamás. Y con ellas cada vez pesan más las cargas de mi conciencia y la expectativa del futuro próximo e inesquivable.
Otras doce lunas han pasado. Un ciclo de vida, desde su temprana gestación hasta su accidentada vejez fría. Otra ola de calor y otra ventisca asoladora. Y un pedazo de mi vida se va con ellas, con cada vaivén del péndulo, con cada campanada en la jaula de madera del tiempo.
Y sin embargo, aunque soy consciente de que este es otro escalón que desciendo hacia los túmulos, no estoy aquejada por la indiferencia, ni siquiera por la cruel ironía de lo desconocido que se me abalanza encima.
Diecinueve inviernos atrás me encontraba en mi exacta misma situación, pero sin ser consciente de todo lo que esperaba asaltarme en cada esquina.
Diecinueve. Que se dice pronto. Pronto comparado con lo que me espera. Y esta insólita euforia ante lo desconocido solo es una premonición ante la puerta que, anhelante, aguarda a que la abra.
Las estaciones seguirán pasando, una tras otra, pero sé que en algún rincón descompuesto de mi memoria, conservaré el decimoctavo invierno, tan lejano ahora que la escarcha sobre mis árboles es nueva; porque hasta ahora, no ha dejado de ser maravilloso en cada uno de sus matices.
Empezó amargo, como suelen nacer todas las cosas, y no ha dejado de cambiar. El estrés, la furia, la desesperación, la tinta. La llegada del calor y las flores. Una ilusión, una idea, centelleante. Las lluvias que consiguieron lavar mi desaliñado corazón y el polvo que me sacudí de las cicatrices. Las horas y las horas perdidas entre el musical sonido de las risas, el vibrante rojo. Todas las cosas nuevas que aprendí y que me aleccionaron para darle la bienvenida al ocre y el latón del otoño. Las caras nuevas, la indecisión, la timidez, el primer tropezón. Un surco yermo y vacío en la ribera y un silencio tranquilizador. Los monstruos que expulsé con arrojo de mi alma. Y al final de todas las cosas, imbuido en su plateada iridiscencia, el Invierno acechante.
No sé qué me tendréis reservado, nuevas lunas, pero más os vale esmeraros. Porque este año no se olvidará así como así. Porque mis manos tienen más experiencia y no me haréis caer con tanta facilidad. Porque, por primera vez en mucho tiempo, tengo paz.
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