Quizás lo más propio sería empezar disculpándome por no conseguir ser suficiente para tu alma herida, o quizás debería comenzar reconstruyendo este orgullo mío hecho pedazos que tanto ha llorado, que tanto ha sufrido, que tanto ha amado.
Podría continuar escribiéndote otros mil poemas cuyos versos fueran mis plegarias y su rima compusiera mi promesa, o podría exigirle a mi corazón que se arrancara la costra de sus lágrimas de sangre y se pusiera en marcha de nuevo como si no hubieras sido más que un salto al vacío.
Puede que debiera cantarle un nuevo soneto al Río y volver a beber de sus enturbiadas aguas, o pudiera ser más recomendable dejar la corriente de mis recuerdos atrás y alejarme de su veneno.
Y sin duda alguna, debería admitir de una vez por todas que te has desvanecido. Que en mi mundo ya no tienes cabida, que tu riada se evaporó de mi tierra errática tras interminables intentos, que tu caudal no volverá a arrastrarme hacia la locura, que ya no son tus aguas las que sacian mi sed.
Ahora eres tierra yerma, un surco seco en el mapa de mi pensamiento, un vacío en el poema de mi cuerpo. Ahora eres muerte, ahora eres sequía, ahora eres solo liviana, impura y gris ceniza.
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