Me aferro a la vana esperanza de que dará igual lo que haga o lo que diga, que siempre estarás anclado a mí, como el lastre etéreo de un fantasma que nunca abandonará el purgatorio.
Que aún cuando tengo los brazos del Invierno cobijándome de tus promesas lastimeras, tus murmullos moribundos jamás abandonarán mi cuerpo, que el caudal seco que dejaste en mi mente no acogerá una nueva vida ni una nueva corriente, que demasiada erosión ha hollado mi corazón; y que cuando aprendí a amar de nuevo me sentí tan insegura y con tanto miedo como cuando fijé mi mirada por primera vez en tus ojos de Aftereight.
Que siento que nuestra despedida no fue el epitafio correcto y anhelo ponerle el último sello de lacre a la dependencia de la que me hiciste presa, tanto como me atemoriza volver a oír el rumor de tu presencia.
Y que aunque ame de nuevo y mil veces más fuerte, aunque sea capaz de saber una y mil veces que no necesito un veneno tan dulce como el tuyo de nuevo en mis arterias, y lo repita tanto que se me quemen los pulmones; eres el Río que una vez alimentó mi vida.
Y que tu sequía no necesitaré recordarla, porque jamás podré olvidarla.
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