lunes, 22 de junio de 2015

Páramos de salitre.

Hoy he mirado de nuevo el reflejo de una vida espectral que nada temía salvo yacer en su lecho pantanoso. 
Hoy me ha devuelto la mirada un pavor visceral que no me recorría las venas desde que las arañas que se esconden en mis grietas tejieron su gélida trampa en torno a mi corazón.
Hoy he vuelto a convertirme en presa y en vano he buscado tallar una salida en roca viva.
Hoy caí.
Caí hondo, y nada sonó para hacerle eco a mi alma herida salvo el crujido del cristal bajo unos pies.
Uno se recupera de las caídas. Uno se sacude el polvo de las rodillas ensangrentadas, cojea unos pasos y sigue su camino.
Pero lo peor no fue caer. Lo peor fue el pánico de la caída. Ver que no eres más que aire turbulento que se agita en una tempestad. Contemplar plumas de escarcha donde deberían estar las de acero. Que el espejo no te devuelva el temple de un guerrero, sino el de un animal acorralado que nunca aprendió a huir. 
Temer el descender de una mano sobre tu cabeza y aullar como la bestia que eres en lo más profundo de tu espíritu, inervada por los hilos de un pasado terrible y desolador que te convirtió en tierra yerma y nubes de tormenta. Y rezar. Rezar para que nadie nunca jamás sea consciente de lo cerca que estás de desgarrarte en miles y miles de astillas con sabor a metal. 

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