sábado, 18 de abril de 2015

La herrumbre del corazón.

Me di la vuelta, huyendo del frío pétreo de mi celda y a duras penas, entre un maremagnum de oscuridad, te percibí entre las sombras. Tan cálido, tan suave, tan lleno de cicatrices y tan descosido por los bordes. Tan vulnerable que en mis manos, por un instante, tu vida se balanceó como en un trapecio. Y casi me echo a llorar.
 De lo poco que te merezco, de lo pequeña que soy, de lo mísera que me siento en comparación a ti. Como una mota de polvo envidiosa de la plata pulida. De tu brazo alrededor de mi cintura, del fuego que brotaba de tus párpados cerrados y de la curva de tus clavículas. De tu voz enronquecida que clama a los aires y a los ríos lo muchísimo que me amas, mientras que yo apenas me puedo convencer a mí misma de que algún día las palabras "te amo" no simbolizarán más un abrazo oscuro y húmedo en una vorágine helada.
Alargué mi mano como un náufrago hacia una tabla a la deriva, que tan simple parece y que en un instante se convierte en el pasaporte hacia la vida; y me detuve a solo unos centímetros de tu rostro en calma, deseando despertarte para sollozar en tu hombro y sentir tu abrazo sobre mi cuerpo y tus labios cerrando esta nueva herida que yo misma le hice a mi alma, pero sin querer interrumpir tu sueño con algo tan nimio como mi ansiedad.
Tuve miedo por ti, que me erigiste diosa de tu ciudad, que me alzaste sobre tu pecho y respiraste mi toxicidad como si de ambrosía se tratara; porque yo también había coronado con la deidad a aquel que fuera la daga más honda, el agua más fría, la sutura más larga de mi espalda, y no te quise ver jamás como me vi a mí misma, rezándole a una estatua de papel que se deshace en la lluvia.
Me removí, inquieta, al borde del colapso, a punto de gritar todo aquello que me daba miedo, todo lo que le confesé a las sombras de mi madriguera, todo lo que te quiero, y a suplicarte que no me dejes caer jamás, que no lo soportaré una segunda vez.
Y abriste los ojos.
"¿Has podido dormir?"
"Sí, es que tenía frío pegada a la pared".
Ceñiste mi cintura con tus brazos y me besaste la frente antes de volver a dormir. Y recostada contra tu pecho solo una lágrima, demasiado pequeña para abarcar tanto estupor, se perdió entre mi mejilla y tu corazón.
Y entre el dolor y la nada, elegí el dolor.

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