sábado, 20 de abril de 2013

"Rezad por mí"

El reo a travesó los pasillos con la cabeza gacha, sin querer mirar a nada, sin querer que nada le mirara a él. Las cadenas aún estaban frías, pesaban, le hacían rozaduras, pero a él no le importaba nada de eso. Solo quería que no le miraran. 
Desembocó en una sala blanca llena de gente de miradas oscuras y almas más oscuras todavía. Lo obligaron a arrodillarse, y a mirar hacia arriba. El alma más oscura de aquel lugar no le quitaba los ojos de encima. Aquello lo volvía loco, solo quería que lo dejaran en paz, ya tenía suficiente con su propia conciencia. Pero no tenía pinta de que fuera a ser así, todavía no.
-Está convocado a este juicio por algo inpronunciable. ¿Sabe qué es?
El prisionero asintió, volviendo a agachar el rostro.
-Está acusado de haber cometido el peor crimen de este mundo, y no solo eso, ha violado la norma más sagrada de nuestra civilización. Este tribunal está aquí para juzgar dichos actos y hacerlo responder por ellos.
A sus palabras le seguía el traqueteo de la máquina que plasmaba en papel su discurso, y que posteriormente, también plasmaría su condena. Todo era tan banal que deseaba que se acabara de una vez.
-No solo violó la norma antes incapaz de ser pronunciada, sino que se convirtió en la criatura más deplorable de este universo al negar su culpabilidad y huir. Me retracto, no huir, abandonar.
En encarcelado sintió que le temblaban las manos y el corazón se le acongojaba. Se llevó las manos encadenadas al rostro y deseó desaparecer.
-Por supuesto debió de pensar que no le atraparíamos. Nadie huye de los remordimientos, debió de aprender eso antes de cometer una estupidez como esa. La noche del delito abandonó a los camaradas que le acompañaban e impunemente miró cómo eran sentenciados allí mismo, con una mirada impasible y una excusa pobre en los labios. El mero hecho de su cobardía me lleva a pensar de lo peor de usted. ¿Tiene algo que declarar antes de proceder a su condena?
Cada palabra era una daga directa a su corazón, una vuelta más a su atormentada mente. Levantó el rostro y vio con espanto cómo depositaban los cadáveres de sus amigos a sus pies, sus ojos abiertos mirándole desenfocados, vidriosos, perdidos en el vacío, pero para él, aquellos ojos cristalinos le acusaban más que todo el tribunal de su alrededor. Con las rodillas temblándole violentamente se puso en pie, miró al tribunal y volvió a mirar aquellos ojos, con lágrimas cayendo a raudales por sus mejillas.
-Sí. Me declaro culpable. Culpable por haberlos dejado atrás, culpable por hacerme a un lado. ¿Me merezco todo lo malo que pueda pasarme? Probablemente. Viviré con esa carga el resto de mis días. Abandoné a mis amigos por unas razones que ahora pienso que quizás no fueran tan importantes. Y ese acto de cobardía me ha estado persiguiendo desde ese día hasta hoy. Me creía un buen amigo, pero he descubierto que no lo soy. Soy un cobarde, una rata. Sea lo que sea lo que dictaminen, a favor o en contra, no será nunca suficiente por esta afrenta que he cometido contra ellos y contra mí. Solo quisiera decir que lo siento. Lo siento mucho. Siento no haber asumido mi culpa, siento haberme escabullido, siento que mi miedo al castigo se apoderara de mí. Pero sobretodo, siento no haber sido lo suficiente buen amigo como para mantenerme con ellos. Eso me pesa más que cualquier otro pecado que pueda haber cometido en esta vida o en cualquier otra. Lo siento de verdad.
Terminó y volvió a caer de rodillas, sollozando violentamente. El tribunal parecía asombrado, y en algunos casos, acongojado. El juez lo miró desde arriba, con desprecio.
-Bien pues. Lo declaro culpable, mísero cobarde, y lo condeno a morir aquí mismo, para liberar al mundo de su mancha y liberarlo a usted de sus remordimientos. Proceda.
El prisionero se limpió las lágrimas solo para depositar sus ojos en los cadáveres frente a él. Su último pensamiento mientras la hoja de acero caía sobre su nuca jamás se supo, solo se oyó un susurro agónico escaparse entre sus labios:
-Por favor, rezad por mí.

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