jueves, 10 de enero de 2013

Sobre monstruos y hombres.

Llegó el momento en el que todas las luces se apagaron, pero ella, tumbada mirando al techo, con un pie fuera de las sábanas y los auriculares en las orejas, permanecía despierta, pensando como cada vez que se encontraba a solas.
Pensaba en su poca fuerza de voluntad, en su poca responsabilidad, pensaba en todo de lo que carecía y lo poco de lo que podía presumir. Se dio cuenta de que necesitaba algo en lo que sostenerse, porque de lo contrario, todo lo demás caía. Pero, ¿Cómo definir aquel sentimiento, hijo bastardo de la decepción y la angustia? Se le entrecortaban las palabras en la garganta y le asfixiaba el remordimiento de ser tan débil, le temblaban las manos de la impotencia y se reprendía sin descanso.
El agobio la hizo incorporarse de golpe, con la frente sudorosa y las pupilas dilatadas, intentando por todos los medios definir la oscuridad. Se dio cuenta de que no podía, de que eran unos conocimientos demasiado lejos de su alcance. Y se perdió en la luminescencia que le brindaba la luz entrando por la ventana. Como en un sueño, se deshizo de la música y las mantas y recorrió el metro escaso que la separaba de aquel anaranjado resplandor lejano de las farolas. Se cobijó entre las cortinas y miró hacia el infinito, perdido en algún recóndito lugar entre los perfiles recortados de los edificios que tenía enfrente. El cielo parecía ser violeta entre toda aquella bruma. Apoyó la frente en el cristal y el frío la estremeció de arriba abajo, un frío que simpatizó enseguida con las nevadas de su interior. Se abrazó a sí misma, respirando pausadamente para que el vaho no le empañara la vista. Y pensó.
Pensó en cuándo se rompería aquella desesperanzada rutina de vaivenes. Pensó en su siguiente jugada contra aquel oponente gélido e inmisericorde, pero ¿cómo jugar si lo único que le quedaba en el tablero eran peones? Pensó en qué manera tenía la vida de hacer aquellos giros sin derrapar, siempre inmune a lo que los demás desearan. Pensó que le amaba, sí, que por mucho que quisiera hacerse la indiferente, aún le amaba. Pensó en aquellas ciertas palabras que le dijeron no hace mucho tiempo, que los amores que llegan rápido, se aferran a la vida hasta dejarla seca de sangre y energía, pugnando por sobrevivir arrasando a su paso cualquier vestigio de conciencia o logicidad. Pensó que era una ingenua. Pensó que no quería seguir así, que no quería sufrir lo que nadie había sufrido por ella, que no valía la pena.
Le dio un ligero cabezazo a la ventana, llamándose idiota una vez más en todo el día.
Miró hacia arriba, con los ojos cálidos y húmedos, y se perdió a sí misma entre los recovecos de los edificios, en el infinito, en el silecio, en la negrura purpúrea de la noche de madrugada. Y suspiró, dejándose el alma en aquella larga respiración, aireados ya sus miedos y recuperadas de oxígeno sus angustias.
Y tal como había salido de la cama, sin ser consciente de sus propios actos, con la única certeza de que por la mañana no recordaría tales divagaciones, se tumbó de nuevo y cerró los ojos.
Ella era fuerte, sobreviviría.

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