Cada vez mas tu y cada vez mas yo, y ni rastro de nosotros.
Una frase que en este momento es capaz de relatar mi vida a la perfección.
Podría reconstruir mi vida a partir de los fragmentos de los poemas amarillentos que pocos conocen y nadie recuerda, a partir de las cartas olvidadas a viejos amores, a través de la lírica oxidada y la rima enronquecida. O al menos creo que es mi vida.
Amor se llama el juego en el que un par de ciegos juegan a hacerse daño.
Aquel fue el comienzo. Un comienzo escarpado y ruinoso, de un camino cuyo horizonte todavía no soy capaz de vislumbrar, una autopista desértica que apenas es capaz de alumbrarme en las noches oscuras de música melancólica como hoy, y que me inunda con su abrasador fuego de amor y rabia o me asfixia en su lluvia nostálgica y lastimera.
¿Acabare en la playa entre la vida y la muerte o me espera un destino distinto? Me acecha un cúmulo de nuevos sentimientos expectantes por germinar en esta árida alma que es la mía, deseosos de florecer entre las grietas de mi corazón de sangre oscura por culpa de tu veneno de río, intoxicado y moribundo.
Y sigo andando, con mis cadenas a cuestas y la boca seca.
Y sigo caminando, con las piernas firmes y el alma temblorosa.
Sigo caminando...
Esperando que cualquier día me sorprendas en mitad de mi autopista, con un pulgar hacia arriba y un cartel con mi nombre, dispuesto a aislarme del mundo entre tus brazos.
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