domingo, 24 de febrero de 2013

Nieblas para las que no existe salida.



Siempre existirá aquella tormenta que nos limitaremos a mirar desde lejos, demasiado acostumbrados a la rutina y al silencio como para tratar de evitarla. La sombra de la desesperación y el miedo estará presente en cada esquina y en cada rincón, pero la serenidad ha sido de manos más ágiles y ya es demasiado tarde para escapar de su abrazo. Siempre buscaremos el amor, pero algún día encontraremos a alguien que simplemente se nos parezca y nos daremos por satisfechos. Tememos y adoramos dioses que nosotros mismos inventamos, y sin embargo, nos es demasiado fácil culparles y pedirles solución para cada peldaño irregular de nuestro camino. 
Somos demasiado sedentarios para lo que fuimos. 
La vida se alarga, pero el tiempo se esfuma. Los ojos miran, pero la memoria olvida. La palabra vale menos que la mano, la espada finalmente ha vencido a la pluma. Nos hemos convertido en lo que podría haber sido, no en lo que debería ser. Dejamos caer una escultura de cristal y juntamos los pedazos intentando que quedase como antes, demasiado dormidos y somnolientos como para preocuparnos en crearla de nuevo. Conseguimos que las emociones encerradas sean el pan de cada día y la decepción solo una faceta de nuestra existencia. Logramos que la represión no nos afecte, logramos que el pueblo no alce la voz, logramos que las críticas nos dieran miedo de ser quienes somos. Y permanecemos en estado de espera, anhelando la libertad pero sin atrevernos a buscarla. 

Hemos creado un universo de silencioso temor, hemos creado una realidad de fervorosa malicia. Hemos creado un mundo de sosiego y calma, hemos creado un mundo aletargado.

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